Los argentinos y la bicha


Para un argentino, e incluyo en el gentilicio la frondosa rama gallega, hay algunos mitos intocables. Evita Perón o Maradona, por ejemplo. Y hay, al menos desde los albores de este siglo, dos bichas cuya sola mención estremece los huesos de aquella querida nación: el corralito y el FMI. Se entiende así que muy apurado o muy convencido debe de estar el presidente Macri para solicitar el auxilio del Fondo Monetario Internacional. Políticamente se juega el cuello, sin duda alguna, y está por ver si la decisión de pedir el rescate ayuda a la Argentina o la conduce de nuevo a la catástrofe.

La otra vez no funcionó. La crisis más atroz que sufrió el país no la produjo la hiperinflación de los años 80 y 90, sino las recetas para hacerle frente. Me refiero al cóctel conocido como Consenso de Washington, la esencia del neoliberalismo que cabalgó por medio mundo a lomos del FMI y evacuó sus oscuros designios en Buenos Aires.

La economía argentina entró en recesión en 1998 y tres años después se produjo el bienio negro 2000-2001. El país entró en barrena, suspendió pagos y los argentinos quedaron atrapados en el temible corralito. Para hacer frente a la crisis se aprobaron severos ajustes, con la firma del ministro Domingo Carvallo al pie: subida generalizada del IVA, recorte de las pensiones y salarios de funcionarios en un 13 % y emisiones de deuda pública, entre otros. No se equilibraron las cuentas públicas, sino todo lo contrario: el déficit fiscal aumentó. Pero lo peor fue el impacto económico y social. La economía se redujo una quinta parte, el consumo se desplomó, la tasa de paro alcanzó el 23 %, la pobreza invadió más de la mitad de los hogares argentinos, la indigencia se disparó al 27,5 % y las «villas miseria» se multiplicaron por los arrabales de las ciudades. En pleno cataclismo, Fernando de la Rúa, el último presidente que acudió al FMI, dijo aquello de que «2001 será un gran año para todos».

Después llegó Néstor Kirchner y mandó parar. Canceló de golpe toda la deuda contraída con el FMI para no someterse al plan de ajuste que le exigía. Enderezó el rumbo y la economía argentina creció todos los años, hasta el 2011, por encima del 6 %. El país experimentó, en palabras de Josep Stiglitz, una «espectacular recuperación», trayectoria solo truncada en los últimos años de la presidencia de Cristina Fernández.

Los años negros de la Argentina, escritos con tinta del FMI, permanecen vivos en la memoria de aquel país. Y Mauricio Macri, que ocupó la Casa Rosada con el propósito de «mantener lo bueno» y «mejorar lo malo», lo sabe. Por eso su ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, ha salido a la palestra para defender que el FMI de hoy es «muy distinto al de hace veinte años». La propia Christine Lagarde, directora gerente del Fondo, le echa un capote al confesar que han aprendido la lección de «los multiplicadores»: o sea, después de destrozar varios países, han descubierto que a veces es peor el remedio que la enfermedad. Tiempo tendrán los argentinos para comprobarlo. En carne propia, me temo.

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