Sí, el secesionismo es hispanófobo


Cataluña necesitaba un presidente inclusivo, de talante dialogante, que tratara de soldar la peligrosísima fractura social provocada por el procés. ¿Qué ha hecho Puigdemont? Justo todo lo contrario. Ungir con su dedazo a Quim Torra, el más ultra entre los ultras, un fanático atizador de odio contra los españoles, xenófobo, supremacista y sectario en la línea de la ultraderecha europea. Sus tuits, artículos y declaraciones incapacitarían a cualquier líder político. En esta Cataluña secuestrada por Puigdemont son un aval. El mensaje que ha lanzado el fugado al escogerlo es diáfano: más procés, más enfrentamiento civil y más desafío al Estado. La misión que ha encomendado a su títere interino es cumplir el mandato del referendo del 1-0, sí el de aquella farsa ilegal y sin garantías en la que no participó la oposición. Torra lo ratificó en su discurso de investidura e ignoró a más de la mitad de los catalanes que no piensan como él. Su divisa es nosotros contra ellos, y ese ellos no incluye solo a los españoles, sino también a los catalanes no independentistas, a los que desprecia y en realidad no considera como tales. El emplazamiento a Rajoy a dialogar es una muestra de cinismo. ¿Cómo se puede dialogar con alguien que tilda a los españoles de locos, inmundos, expoliadores, antidemocráticos y sinvergüenzas? ¿De qué se puede hablar con alguien que quiere iniciar un proceso constituyente para instaurar la República catalana? La designación de Torra, una provocación en toda regla de Puigdemont, tiene un aspecto positivo: desenmascara definitivamente la naturaleza hispanófoba y supremacista del independentismo. Ni una sola voz secesionista se ha alzado en contra de este racista incendiario. La CUP permitirá su investidura. Caretas fuera.

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