Cataluña: cinco meses de tregua


Dicen que Quim Torra ha sido elegido presidente de la Generalitat. Discrepo. Lo que comenzó ayer ha sido una tregua de cinco meses, pactada por Rajoy y Puigdemont. Ambos, por distintos motivos, necesitaban ganar tiempo. Y acordaron, a través de personas interpuestas -¿Urkullu, quizás?-, establecer una prórroga en el combate. Hasta el próximo 27 de octubre, fecha a partir de la cual el presidente-títere ya puede convocar elecciones, se suspenden las hostilidades. Entiéndase, cesa el fuego cruzado de facto, que no de palabra. La trinchera separatista se abstendrá de efectuar disparos ilegales hasta que la tregua enfile su recta final y, en consecuencia, el Gobierno no tendrá necesidad de recurrir a los tribunales ni motivos para reeditar el 155. La confrontación se desarrollará unos meses en el ámbito de la retórica y la propaganda. Por un lado, el «visca Catalunya lliure» y el «proceso constituyente»; por otro lado, el «no nos gusta lo que estamos viendo» y «la ley es la ley». Después, en vísperas del 27-O, tocará a rebato. Se reanudará la guerra.

Rajoy y Puigdemont necesitaban la tregua. El presidente del Gobierno, cada vez más discutido en su propio partido, para agotar la legislatura e intentar frenar la ascensión de Ciudadanos. El PNV era la clave. Sin su apoyo, no había Presupuestos ni probablemente legislatura. Los nacionalistas vascos vendieron cara su piel. Arrancaron diversas concesiones -mejora del concierto, la Y ferroviaria antaño denostada, subida de las pensiones- y la promesa de que la Generalitat no estaría intervenida cuando el Presupuesto saliese del Congreso. Y así será: el 155 decaerá cuando Torra tome posesión. Lo hará con el beneplácito del Gobierno, que esta vez no quiso recurrir los votos delegados de Puigdemont y Comín, lo que hubiera desembocado en nuevas elecciones autonómicas convocadas por Rajoy.

A Puigdemont tampoco le viene mal la tregua. Para no pasar al ostracismo y el olvido. Y para recomponer sus mesnadas. De hecho, se ha salido con la suya y ha sido investido telemáticamente como pretendía. Porque no hay mucha diferencia entre una investidura mediante pantalla de plasma y otra a través del mando a distancia. El propio Torra, su ventrílocuo, lo dejó meridianamente claro ayer: «El president es Puigdemont». Y este ya comenzó a ejercer, no como presidente de la comunidad autónoma, que esas cosas de la educación, la sanidad o la economía no importan hoy en Cataluña, sino como presidente de la república en el exilio. Y su primera decisión ha sido la de anunciar que, una vez finalizada la tregua, tal vez convoque elecciones en Cataluña. Él, el presidente legítimo, aunque el decreto lleve la firma de Quim Torra. Para que nadie se llame a engaño.

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