La república de Quim


Si yo fuese catalán, le preguntaría a Quim Torra dónde hay que firmar. Es que el vicario cogió el listín de servicios de la Generalitat y les marcó un objetivo: el paraíso. No quedó ni uno donde el presidente no viese una fantástica solución a los problemas más singulares: aire limpio, ciudades humanizadas, pueblos recuperados, medio ambiente ejemplar, altos salarios, sanidad que invitará a ponerse enfermo, agricultura tentadora, prestigio internacional, energía barata, ecológica y social, bosques mimados, educación maravillosa… Y así, epígrafe a epígrafe, diseñó la Cataluña que verán los catalanes bajo su presidencia. Se quedaron cortas todas las utopías anteriores, cuando nos asombraba que la independencia fuese identificada con el arreglo de todos los males públicos y privados. Quim Torra va mucho más allá: directamente al edén catalán, donde un día reinará Carles I de Puigdemont, el presidente legítimo.

¿Y todo eso se conseguirá de aquí a octubre, mes que el mentado Puigdemont señaló en La Stampa como final del mandato provisional? Supongo que no. Eso se conseguirá con la república, que es lo que Quim viene a construir. Olvídense ustedes de toda la farfolla y promesas vanas del discurso, y les quedará una sola palabra: república. Ya han dado el paso. Ya no hablan de independencia, que es un concepto superado en su imaginario. Ya hablan de república con toda normalidad. Ya viven en república. Lo que se votó el 1 de octubre, el mandato popular de aquella consulta, es construir la república de Catalunya y en eso están. Y un hombre de Estado como Torra, un hombre de su talla supranacional, no la quiere solo para su país, la quiere también para España. Quiere tanto a los españoles, aunque seamos «bestias con forma humana» que hablamos castellano, que nos quiere regalar un régimen republicano. Eso sí: aunque derroquemos la monarquía, los catalanes tendrán su república.

O la tienen ya, que los visionarios no conocen límites. Sí, la tienen, y con instituciones propias, como el consell de la república con sede en Berlín o la asamblea de cargos electos, que es la colmena donde se fabrica la miel soberanista. El Parlamento no figura para nada entre las instituciones mencionadas por Quim para adoptar decisiones. El Parlamento agotó su existencia, quizá porque tiene a gentes tan poco deseables y españolas («bestias con forma humana», por tanto) como Arrimadas, Iceta, Domènech y Albiol, que son unos incordios incluso cuando hablan catalán. Por supuesto, el autonomismo ha quedado conjurado, porque si hay una gota de autonomismo, la CUP no permitirá la aprobación de ninguna ley. Ese es el período pacífico, dialogante y constructivo que Cataluña acaba de inaugurar.

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