Cataluña: dos evidencias, un enredo y otra evidencia

OPINIÓN

19 may 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Mala cosa es que tengamos que llamar inteligente a quien dice lo obvio. Cuando decir lo evidente es perspicaz es que el lienzo está muy emborronado. El momento catalán se puede resumir con dos obviedades, que no hay más remedio que considerar inteligentes, de dos columnistas y con otra observación al alcance de cualquiera que por eso se dice con embarullamiento. La primera obviedad la dijo Antón Losada. En Cataluña todos creen que el tiempo les dio la razón. No cabe esperar entonces la templanza que no hubo antes. La capa más divulgativa del falsacionismo de Popper dice que la contrastación con los hechos no puede demostrar la verdad de una teoría, porque entonces los mismos hechos podrían dar la razón a distintas teorías incongruentes entre sí. Y ahí tenemos la evidencia señalada por Losada: la calamidad política y moral actual demuestra a cada uno que tenía razón. Cataluña no está al gusto de nadie y como todos piensan que mientras no esté a su gusto todo será un desastre y, efectivamente, todo es un desastre, pues la falacia denunciada por Popper se consuma: la misma calamidad demuestra a cada uno que él tenía razón.

La segunda evidencia es de Guillem Martínez. El 48% de catalanes vota a partidos independentistas. Pero una parte de esos votantes no quiere la independencia, aunque está convencida de su derecho a un referéndum y a que Cataluña haga de su capa un sayo. El partido más votado es Ciudadanos, que no quiere la independencia. Pero resulta que hay muchos votos ahí cobijados que quieren una estructura federal del Estado y, por tanto, posiciones descentralizadoras. Guillem Martínez anota la evidencia de que estos datos sugieren que la sociedad sería capaz de entenderse. Ni son tan separatistas algunos votantes del independentismo ni hacen guardia sobre los luceros los votantes de C’s. Pero el éxito político de algunas formaciones depende de que tal acuerdo no se produzca.

Los excesos policiales y judiciales y la nadería política del Gobierno son clamorosos y por eso el problema alcanzó visibilidad internacional. Pues Rivera quiere más excesos. En vez de ajustar la intervención del Estado a límites civilizados e internacionalmente presentables, él quiere conflicto, según parece el único combustible que hace mover su nave. Fuera de la cuestión catalana, no hay ninguna iniciativa reconocible en C’s que no conozcamos ya del PP. Su presunto regeneracionismo naufragó ya en Madrid, donde se hicieron demasiado evidentes sus prioridades. El fuego de Cataluña es su único alimento, también en Madrid. Si tienen alguna posibilidad en Madrid es por lo que hacen en Cataluña, no por lo que hicieron en la tierra de los másteres y saqueos. El PP sólo tiene Cataluña como cuestión de Estado para fijar horizontes más altos que su corrupción y sus continuos fracasos. El independentismo también atiza la fogata. Ahora desdoblaron a Cataluña. Habrá una Cataluña institucional de cartón piedra y una Cataluña inorgánica que hará lo que se pretende que sea la política real. Y esa Cataluña inorgánica tendrá una forma astral en Alemania, Bélgica o donde quiera que vaya Puigdemont y le visite su enviado en la tierra, Quim Torra. Y cada actor tiene su marcaje. Rajoy tiene la sombra de Rivera vigilando para no se aparte de la estupidez. PDeCAT y Esquerra se marcan mutuamente y los dos están marcados por la CUP, los únicos felices que se creen de verdad esta comedia.