El Gobierno de los locos


Ayer muy de mañana, como todas las mañanas, me solazaba contemplando las fotografías del chalé de los Iglesias-Montero cuando Rajoy acudió en mi ayuda. No soportaba las heridas de aquella contemplación que a decir de algunos daña la intimidad de la pareja gobernanta de Podemos. La intimidad es asunto dúctil, o sea, de doble vara. Por ello no se vulneraba la intimidad de aquellos a los que acosaban con escraches y sí la de los Iglesias-Montero, esos que quieren dialogar con los golpistas catalanes que representan a dos millones de españoles, nada más. Los independentistas xenófobos que ultrajan a los que piensan distinto: «Carroñeros, víboras, hienas. Bestias con forma humana» (Quim Torra, La lengua y las bestias). El mismo Quim Torra que afirmaba: «Señores, si seguimos aquí algunos años más corremos el riesgo de acabar tan locos como los mismos españoles».

Me salvó Rajoy, decía. De los Iglesias-Montero y del neopresidente catalán. Por fin avanza lo que tantas veces he demandado: un 155 permanente mientras la provocación, la bravata, el desafío, la ofensa y el hostigamiento sean los motores independentistas. Quizá no tengan otros modos de propulsión. Su odio es el que los ha encaramado al Gobierno de la Generalitat. Era una empresa fácil. Consistía simplemente en izar la bandera de España como opresora y la suya, ultranacionalista, como garante de la libertad. Ha sido su odio, aderezado con cuatro diputados antisistema, el que ha ganado los comicios. Su odio y el gravísimo error del Estado al convocar elecciones a pocas semanas de la usanza del artículo al que ayer se regresaba: Rajoy, Rivera y Sánchez deciden prolongar su aplicación. No había otro remedio. Porque cuando un presidente nombra un Gobierno imposible, con dos presos y dos fugados, solo cabe no publicar ningún nombramiento. Y esa es la potestad del Gobierno de España. Esa España que los independentistas detestan. La misma que les ha dado años de prosperidad gracias a sus multimillonarias inversiones, que van de los Juegos Olímpicos de 1992 al AVE, y de la industria al Corredor Mediterráneo.

Me salvó Rajoy, insisto. Aunque yo le pediría que no vuelva a salvarme de mis pensamientos matutinos, tan cándidos, y que gobierne con mayor firmeza. El independentismo catalán, que solo es un espejo de los populismos ultraderechistas europeos, requiere solidez e inflexibilidad. Sé que estamos en tiempos políticamente correctos donde la palabra diálogo es el nuevo mantra. Pero no se puede dialogar con aquellos que pretenden destruirte. Esos que practican, y repito la retahíla anterior, la provocación, la bravata, el desafío, la ofensa y el hostigamiento. Es hora de que gobiernen esos que Torra llama «los locos». Por el bien de 45 millones de españoles que no son independentistas. Ellos, los únicos cuerdos.

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