Los mejor informados


Tienen razón quienes afirman que somos la población más informada de la Historia, porque esto es cierto. Pero también somos, paradójicamente, la más perpleja y confundida. Es decir, somos la que dispone de más información y, a la vez, la que está más aturdida y abrumada por esa avalancha de noticias. Así comparecemos ante nosotros mismos, a la vez muy seguros de todo y de nada.

Porque estamos rodeados de montañas y torrentes informativos y, muy a menudo, nos comportamos como crédulos indefensos, confundidos e incapaces de dilucidar o separar lo que es verdad de lo que no lo es. Y esto sucede justamente porque la información se ha vuelto excesiva, tormentosa, multiforme y contradictoria. Es decir, avasalladora. Y nosotros no tenemos medios para dilucidar cada extremo y determinar qué parte es verdad y cuál es mentira.

En este territorio campan a sus anchas informaciones de todas las clases y orígenes, y no hay manera de determinar su verdadera condición. Porque la diferencia entre una noticia cierta y otra falsa no siempre es fácil de verificar. Incluso diría que todas pueden ser ciertas en un momento dado y desde alguna perspectiva. Es algo que percibimos cada día, aunque solo sea en forma de dudas. No nos lo creemos todo, pero sí es cierto que de nuestra credulidad se aprovechan informadores que a veces también ellos son víctimas de engaños.

Algunos creen que el arma más eficaz para resistir la avalancha es el escepticismo, pero yo no lo creo así. Nuestra mejor arma sigue siendo un sano recelo en el que germinan muchas preguntas útiles para desenmascarar las falsedades. Dicho en otras palabras, no se trata de dejarse seducir por las versiones que nos ofrecen, sino de contraponer argumentos que sometan a prueba su veracidad. No se trata de creer todo lo que se nos cuenta de un modo abrumador.

Nuestra reflexión y nuestro análisis tienen que formar parte de la información resultante. Solo así será posible deshacerse de las noticias falsas.

Comentarios

Los mejor informados