¿Queda alguien sin detener?


La gente tiene un impresionante olfato para detectar corruptos. Bastantes de los nombres populares que tienen problemas con la Justicia por corrupción estaban en el rumor popular antes de ser imputados. Uno de esos nombres es Eduardo Zaplana. Lleva años en el ámbito de la sospecha. «Uy, ese…», se solía decir. Nadie tenía un dato ni una acusación concreta; simplemente se le señalaba. Quizá haya sido porque aparecía en muchas grabaciones y en una confesaba que necesitaba «mucho dinero para vivir». O quizá haya sido porque se le atribuyó esta arriesgadísima confesión: «Yo estoy en política para forrarme».

Por eso ayer sonaba a cínica la sorpresa de sus compañeros de partido, como sonó a cínica la sorpresa que expresaron ante la detención de Ignacio González. Hay nombres que están en la crónica popular antes de escribirse en los atestados y los autos judiciales. Digamos sencillamente que Eduardo Zaplana es el último de la lista de ilustres del PP que ya saben lo que es que lleguen los guardias a su casa con una orden de registro y detención. En la Moncloa, Mariano Rajoy tiene que preguntarse cuántos quedan todavía y cuánto tiempo durará el interminable goteo que destroza la imagen del partido.

Hablo de la imagen del PP, porque es innegable que ha sido un nido de aprovechados del poder político para la financiación ilegal y el enriquecimiento personal. Es cierto, como suele repetir Rajoy, que se trata de hechos ocurridos hace mucho tiempo. En el caso de Zaplana, salvo sorpresa de la investigación, son anteriores al año 2002, cuando da el salto de la política valenciana a la política nacional, como ministro de Trabajo y Asuntos Sociales. Pero el ciudadano no entiende de fechas. Entiende que, con descarado abuso de poder, se hicieron concesiones de obras y servicios a cambio de sustanciosas comisiones y se desvió dinero público a bolsillos particulares.

Cada vez que detienen a alguien importante, se dice que está cayendo toda una época donde fallaban los sistemas de inspección y había demasiada confianza en los servidores públicos. Y es verdad: a nadie de las altas esferas parecían importarle los signos externos de enriquecimiento poco acordes con sus rentas salariales. España se hizo así el paraíso de los sinvergüenzas y los que se metían en política es busca de un dinero abundante y fácil. Pero todos los delincuentes acaban por cometer un error y el error de Zaplana ha sido intentar blanquear el maloliente dinero del Plan Eólico y las concesiones de ITV, como uno de los hijos de Pujol. A esta operación le llaman Erial. Y en erial están dejando el prestigio y el buen nombre del Partido Popular. Ante ello, Pablo Iglesias, aliviado. Y Albert Rivera, tan feliz.

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