Fortuna y virtud del presidente Rajoy


Sin esperar al último minuto, y sin que dejase de aplicarse el artículo 155, el PNV apoyó los presupuestos. Lo hizo, dicen, «por responsabilidad», y porque en medio del rebumbio político que sufrimos, los nacionalistas vascos están demostrando ser una reserva estratégica de política clásica y de respeto al sistema, que brilla como una estrella en medio de la noche oscura. También es posible que lo hayan hecho para darle viabilidad a algunas inversiones debidamente negociadas, a algunas transferencias que estaban demandando, y al acuerdo de revalorización de las pensiones que han alcanzado con Rajoy. Pero a eso se le llama negociar y hacer política, ya que en nada se empaña la imagen del PNV si, además de apuntalar la gobernabilidad, aporta soluciones propias del buen gobierno.

Al otro lado de la mesa estaba Mariano Rajoy, que, mientras su despacho oficial amenazaba con arder por los cuatro costados -el caos de Cataluña, las chapuzas de Cifuentes, el terremoto Zaplana, y las fugas de votos hacia Ciudadanos-, consiguió hacer dos cosas de muy alta complejidad política: concretar, diferenciar y establecer el orden de importancia de todos los problemas que se acumulan sobre su mesa, para darle prioridad absoluta a aprobar el Presupuesto; y demostrarle a todos los que entienden algo de política que, incluso en este momento, no es posible construir una alianza más ventajosa y viable -para gobernar o para impedir que se gobierne- que la que representa el PP, con C’s, PNV, UPN, FA, CC y NC. Cualquier alternativa suena a caos, adelanto electoral y mayor desgobierno, por lo que, a pesar de la teatralidad del debate, es evidente que todos los grupos del Congreso quedaron encantados de que alguien, con responsabilidad de Estado, se haya adelantado a sacar las castañas del fuego.

Por si algo faltaba para esta «suerte del campeón» -o para la maquiavélica fortuna e virtú que favorece a Rajoy-, el fracaso político de este tiempo va por barrios. Porque si bien es cierto que el PP está sepultado en una montaña de lodo, tampoco pueden presumir de salud ni el independentismo catalán; ni un PNV que apostase por el caos y contra el Estado; ni Podemos, que está tratando de lavar la incoherencia brutal de sus líderes más visibles; ni Ciudadanos que aún tiene que reclutar candidatos desde un curioso departamento de selección de personal; ni el PSOE, que tras una larga serie de equivocaciones, busca credibilidad para volver a sus orígenes.

No se trata de echar las campanas al vuelo. Pero creo que en el día de ayer hemos vivido un precioso episodio de política clásica, o de una certera apuesta por el sistema, que trata de evitar que el barco se hunda. Y todo se debe, creo yo, a Rajoy y Urkullu, que han decidido seguir, como políticos, la misma receta que el farmacéutico León Felipe le aplicó a los poetas noveles: «Sistema, poeta, sistema. / Empieza por contar las piedras… / luego contarás las estrellas».

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