La inmadurez a plebiscito

OPINIÓN

28 may 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Llegaron para sacudir las calles y las instituciones y para poner en solfa a una transición caducada y un régimen acomodado y corrupto. Y lo hicieron bien. Más de cinco millones los votaron porque era algo así como votarse a sí mismos. La indignación y una crisis que enriqueció obscenamente a quienes la provocaron los llevó en volandas. La crisis quebró una marcha que, pese a todas las críticas que podamos hacer del período posterior a la dictadura, había llevado a España a ser uno de los países con mayor equidistribución de la renta y que hoy presenta un índice de Gini muy preocupante. Como no era posible contrastar lo que decían con sus políticas, porque nunca antes habían hecho política, la mayor parte de sus votantes se identificaron con su coherencia: hablaban como vivían. Abrieron los balcones y llenaron los parlamentos y los ayuntamientos de aire nuevo, besos, abrazos, pendientes, camisas abiertas, rastas, bebés mamando… Pero olvidaron que cuanto más presumes de algo, más probabilidades tienes de traicionarlo y que, como escribiera un casi anciano McMillan cuando revisaba sus escritos, la peor crítica que puedes sufrir es leer lo que escribiste.

Cuando observamos la realidad lo hacemos con las lentes de la individualidad. Por ejemplo, los universitarios creen que todo el mundo va a la universidad porque todos sus amigos están en la universidad, ignorando que son una minoría. Tendemos a confundir nuestra prosperidad con la mejora general, como también nuestras miserias con las colectivas. Pero eso no es verdad y, por ello, en algún momento tus amigos acaban por decepcionarte. Acusan a Pablo Iglesias de no entender a la gente. No. Era antes cuando no la entendía. Si a cualquier persona, salvo ascetas franciscanos y místicos anacoretas, se le da la opción de vivir en un chalet de una urbanización de lujo o en un piso de protección oficial, me temo que la respuesta no extrañaría a nadie. Cuando se llega a la política, o a la empresa, o a la universidad, con veinte años, el concepto de necesidad es uno; mientras que cuando hay que pagar una vivienda, alimentar y vestir a una familia, enviar a los hijos a estudiar idiomas, pagar el abono del fútbol o del teatro… ese concepto muta. Pablo Iglesias e Irene Montero han salido de golpe de la adolescencia política. Eso no significa necesariamente que traicionen sus ideales. Muchos otros antes que ellos pasaron por la misma situación ?con menos dinero, eso sí- y se mantuvieron fieles a sus ideas, pero se encontraron con necesidades diferentes. Y la necesidad se cubre con el trabajo, con la producción; y, parece ser, la forma de producir condiciona la conciencia. Lo dice Marx.

Quienes se dedican honradamente al noble oficio de la política, que debería ser más carga que cargo, deben cobrar lo suficiente y vivir lo mejor posible. Una sociedad democrática debe permitir rentas más que dignas, aunque no escandalosas, a sus políticos, sus maestros y sus jueces. El retraso de España con respecto a los países de su entorno también viene en parte de ahí: cualquier profesional de la empresa, privada o pública, huye del servicio público porque perdería dinero. Y, como en la época de la primera restauración, la política se llena de inútiles y de ricos. En este punto, el discurso de Podemos refuerza esta tendencia.