Las Italias


Es el momento oportuno para recuperar aquel saludo de bienvenida que lanzaba a los pasajeros un asistente de vuelo en el trayecto Santiago-Bérgamo. Entonces, hace años, la prima de riesgo italiana ya practicaba el salto con pértiga. «A los españoles, que tengan un feliz vuelo. A los italianos, solo decirles que Italia ya no existe». En cierto modo, nunca ha existido. Al menos en singular. Italia es una y trina (como poco). País de países. Armani y Versace. Pirlo y Gattuso. Caravaggio y Miguel Ángel. Bartali y Coppi. Roma. Por las venas de la Vía Véneto corre más el Campari que la sangre, pero si la dolce vita deja un respiro para desviar la mirada, por las calles perpendiculares asoman baches y suciedad. En el sur, detenerse en un semáforo en rojo en un cruce por el que no está pasando nadie es un pecado capital. En el norte, asombra la carretera que cose el trayecto desde Venecia hasta Trieste, un polígono industrial. En Bolzano, Blancanieves estaría perdida. La provincia es un mar de manzanas. Sus carteles están en italiano y alemán.

Allí conviven el tipo que intenta cobrar el pan y las aceitunas que nadie pidió, el cocinero que regala las últimas raciones de espagueti en una fiesta en la Toscana y el ancianito napolitano que recomienda al viajero «el cajero automático bueno». La pizza puede ser más barata que en España. Y el acceso a una playa privada cuesta un riñón. Está el lujo de Capri, donde los carritos de golf tuneados por los hoteles suben la cuesta con huéspedes y maletas. Y están otras maletas, como las de los emigrantes antiguos y nuevos. A los males crónicos se añaden las punzadas de la crisis, el hartazgo y el nuevo populismo. Como en España. Todo se perdona mirando las estrellas desde la plaza de Siena. O casi todo.

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