Sánchez gana aunque pierda


Yo no sé -nadie sabe- si Pedro Sánchez se convertirá mañana en el séptimo presidente de la democracia. Pero la misma duda ya supone un primer éxito del líder socialista. Ninguna de las tres mociones de censura debatidas con anterioridad prosperó. Con la particularidad de que sus proponentes conocían de antemano el resultado. Felipe González y Hernández Mancha sabían perfectamente, al presentar sus mociones en 1980 y 1987, que sus iniciativas se estrellarían contra el muro de las mayorías absolutas de UCD y PSOE, respectivamente. Pablo Iglesias era igualmente consciente de que su aún reciente asalto a la Moncloa estaba abocado al fracaso.

No les daban los números, pero dieron la batalla. ¿Para qué? No para acceder de inmediato al poder, vetado por la aritmética parlamentaria, sino para presentar su proyecto, ofrecerse como alternativa, reforzar su posición y buscar una victoria política. Con desiguales resultados, por cierto. Felipe González cosechó un sonado triunfo: Suárez quedó tocado y dos años después el PSOE obtenía una espectacular victoria electoral. Hernández Mancha se hundió y dos años después del debate desaparecía del mapa político. Pablo Iglesias tampoco parece haber obtenido sustanciosos dividendos con su fracasada censura a Rajoy.

La moción de censura que se debate hoy tiene algunas características específicas. En primer lugar, su carácter de inevitable tras la sentencia de la Gürtel. Nadie entendería que, ante la hecatombe, el primer partido de la oposición se dedicase a los fuegos de artificio. Sería irresponsable con el país y suicida consigo mismo. En segundo lugar, por primera vez en la historia de la democracia, una moción de censura tiene alguna oportunidad de salir adelante. Concretamente, dos posibilidades que tienen nombre propio: Ciudadanos y/o PNV. Que existan esas posibilidades, aunque ninguna se materialice, tiene una notable significación política: indica la absoluta soledad en que se halla el Gobierno, sin un solo partido que quiera retratarse a su lado. Si esa precariedad supone una garantía de estabilidad, como pretenden algunos exégetas del PP, que baje Dios y lo vea. Pero hay una tercera consideración. Suceda lo que suceda en la votación de mañana, Pedro Sánchez dispone de una baza ganadora. El PSOE, muleta para investir a Rajoy, ausente después -ensimismado en sus cosas-, clamorosamente ausente en la cocina donde se horneaban los Presupuestos, vuelve al escenario político. Y su líder regresa al Parlamento como cabeza de cartel. Pedro Sánchez, salvo que se deje atrapar en las aviesas trampas que le tienden sus adversarios, obtendrá ganancias aunque pierda. Muchas o pocas. El premio gordo a costa del PP o la pedrea de consolación a costa de Ciudadanos.

Y como no hay ganadores sin perdedores, apunto el primero de estos: Ciudadanos. Su improbable apoyo a Sánchez tiene un coste. Pero su rechazo también: le será difícil explicar por qué elevadas razones patrióticas prefiere que sea Rajoy, y no Pedro Sánchez, quien convoque las elecciones que han de venir.

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