Mariano Rajoy nunca se tomó en serio a Pedro Sánchez. En realidad no se lo tomó nadie y muy pocos creyeron, ni una mayoría de los suyos, que llegarían a verlo camino de la Moncloa. Y, sin embargo, ahí está; con todo preparado para acceder a la presidencia del Gobierno de este país, después de ganar una moción de censura, que hace solo unos días se antojaba imposible para el líder socialista. Pero la cosa salió mejor de lo que esperaba el propio Sánchez porque lo de Rajoy y el PP se hacía ya difícil de digerir. Instalados en los mantras de los otros son enemigos de España y o yo o el caos, creyeron que disponían de bula para mantenerse en el cargo. Pero, aunque no supieron reconocerlo, la bula comenzaron a perderla hace casi dos décadas cuando el segundo gobierno de Aznar se instaló en la soberbia y muchos de los que lo arropaban comenzaron a institucionalizar la corrupción.
Porque lo que ha llevado a Mariano Rajoy a perder la presidencia no es la sentencia de la Audiencia Nacional sobre una de las piezas de la Gürtel. No. Lo que Rajoy pagó en esta moción son los desmanes, despropósitos, errores y descalabros de los gobiernos populares que se iniciaron con la guerra de Irak y acabaron con la Gürtel. Y entre una y otro existe un sinfín de episodios, no solo de corrupción, que han ido calando en la sociedad española gran parte de la cual venía pidiendo un relevo urgente de los gobernantes. Ayer, y también hoy, en el Parlamento sobrevolaron los muchos episodios que los populares protagonizaron y que nunca rectificaron. Desde la ley mordaza a la reforma laboral. Y la corrupción. Desde el rescate bancario al accidente del Yak 42. Y la corrupción. Desde la Ley de la Memoria Histórica a los recortes. Y la corrupción, también. Dicen las encuestas de estos días que una mayoría de españoles está de acuerdo en desalojar a Rajoy y a su partido del Gobierno del país. Son esos mismos españoles que sitúan hasta al ahora presidente como el líder peor valorado. Pero esas encuestas dicen también que la mayoría de los ciudadanos de este país, que están desencantados con lo acontecido en los últimos años, piden unas elecciones que acaben con esta situación indecorosa. Y ese es el gran reto de Pedro Sánchez. Dar la voz, sin demora, a los españoles. Será la prueba del nueve para saber si es sincero y fiable cuando nos dice que lo que menos le importa es gobernar.
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