Nadie quería a Rivera (ni a Rajoy)


Nadie, excepto Rivera, quería una convocatoria inmediata de elecciones. Nadie, excepto Ciudadanos, desea un Gobierno presidido por Rivera. Combine usted, amigo lector, esas dos premisas y hallará la explicación de lo sucedido ayer en el Congreso. «La culpa es de Rivera», comentó ayer, despechado, un dirigente del PP. Comparto el diagnóstico: ha sido Albert Rivera, engatusado por las encuestas, quien ha tejido, con retales variopintos, la mayoría que -salvo dimisión de Rajoy in extremis- llevará a Pedro Sánchez a la Moncloa. 

El PP no quería acudir a las urnas de inmediato, como lo prueba la negativa de Rajoy a disolver el Parlamento cuando le cayó encima el mazazo de la Gürtel. El PSOE, tampoco: estaba pésimamente situado en la parrilla de salida. Unidos Podemos, en horas bajas y con la hipoteca del famoso chalé pendiente de pago político, ídem de lienzo. El PNV, aún menos: necesita tiempo para gastar los 500 millones que arrancó al Gobierno, pero los vascos tampoco entenderían que los nacionalistas apoyasen a Rajoy en esta tesitura. Los soberanistas catalanes no podían ver a Rajoy ni en pintura, pero les asustaba mucho más la perspectiva de un Gobierno presidido por Albert Rivera.

Todo ese conjunto de intereses confluyó ayer en el Congreso. Con Rajoy desahuciado y el PP totalmente aislado, se necesitaba un presidente que alargase la legislatura, al igual que nuestros ancestros buscaban por las cortes europeas un rey que prolongase la monarquía, una vez destronada Isabel II. Encontraron entonces a Amadeo de Saboya. Y esta vez era Pedro Sánchez el que pasaba por allí.

Albert Rivera, cegado por el apabullante éxito demoscópico, no supo verlo. En vez de negociar su apoyo a la moción de censura, a cambio de que Pedro Sánchez convocara elecciones antes de fin de año, optó por oponerse y denunciar la toxicidad de cualquier apoyo procedente de las filas separatistas. A su apoyo le puso un precio imposible. Su fórmula, imaginativa y de dudoso encaje constitucional, requería la sustitución de Pedro Sánchez por un presidente-títere con la única función de cargarse a Rajoy y disolver las cámaras. Rivera deberá explicarnos por qué prefiere que sea Rajoy y no Pedro Sánchez quien convoque elecciones. La respuesta también está en las encuestas: Ciudadanos ha engordado a costa del PP y del PSOE. Entró a saco en el granero del PP, pero pesca asimismo en el caladero socialista. Llegó, por tanto, la hora de recoger la cosecha. Y esa labor pasa por aplastar al PP, pero no cederle un ápice de aliento al PSOE. No vaya a ser que Pedro Sánchez, envalentonado por un efímero paso por la Moncloa, recupere los votos que le habíamos arrebatado.

Esa estrategia ha embarrancado. La desmedida ambición de Rivera ha conseguido, paradójicamente, aglutinar una mayoría parlamentaria en torno a Pedro Sánchez. Y será este, a partir de mañana, el que tome posesión del botón nuclear. El que maneje los tiempos. El que decide en qué momento hay que escuchar la voz de los ciudadanos.

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