La venganza del PP


Que me lo expliquen, a ver si lo entiendo. El PP compró con dinero público dos años de estabilidad política. Pagó un elevado precio -540 millones para el País Vasco y unos 1.900 millones para los pensionistas-, pero consideró la operación altamente beneficiosa para los españoles. Ahora pretende que los vascos le devuelvan los 540 millones, alegando que la mercancía llegó defectuosa o que hubo una confusión en el pedido: el PP no buscaba estabilidad política, sino únicamente garantizar la continuidad de Rajoy. No les interesaba una España gobernable si ellos eran desplazados del puente de mando. Más bien todo lo contrario: antes de que cante el gallo Sánchez, ya están afanados en la persecución del intruso que se coló por la puerta de atrás y patrióticamente empeñados en desestabilizar el país. ¿Recuerdan ustedes aquello de los cien días de cortesía que los gobiernos cesantes concedían a los entrantes? Ja, ja, ja...

Me resisto a creer que Rajoy, a diferencia de sus hooligans y rafaeleshernandos, acepte corregir sus propios Presupuestos en el Senado. Por sentido de la coherencia, cuya ausencia reprocha constantemente a sus rivales: ¿cómo se puede mejorar lo que anteayer era, a su juicio, inmejorable? Y porque ningún oxígeno le aporta -seguramente todo lo contrario- en la quizá breve pero dura travesía del desierto que ha iniciado su partido.

Antes de que Sánchez atravesara el Rubicón, los 540 millones podían ser objeto de chantaje y cambalache. Ahora, consumado el relevo en la Moncloa, solo se pueden utilizar esos millones como venganza. Y existe una radical diferencia entre ambos conceptos. Del chantaje se obtiene un botín cuando el extorsionado cede a la presión o las amenazas. No parece haber sido el caso: no hay constancia de que el Gobierno amenazara con retirar las inversiones previstas para el País Vasco si el PNV apoyaba la censura. Dicho sea en honor de Mariano Rajoy.

Pero la venganza es siempre estéril y contraproducente. Estéril porque no lleva a ninguna parte, como advirtió ayer Aitor Esteban, el mensajero que anunciara en el Congreso la «traición» nacionalista: el PP va a perjudicar a la ciudadanía vasca y nada va a conseguir en términos políticos. Y menos aún si la venganza se toma irreflexivamente, bajo los efectos de la cólera provocada por el adulterio del PNV. Como sentencia el dicho popular, «la venganza y el cangrejo de río se sirven en plato frío». En plato caliente corre uno el riesgo de escaldarse.

Y contraproducente también para quien se apresta a blandir la espada vengadora. Por eso me extrañaría que Rajoy, apóstol de la paciencia, se dejase arrastrar por sus huestes sedientas de sangre hacia la cruzada de Rivera contra el cuponazo. Haría bien en sosegarlas e invitarlas a leer Cáscara de nuez, una espléndida historia de adulterio y venganza que firma Ian McEwan, relatada por un embrión a punto de abandonar el útero materno. Aunque solo fuese para reflexionar sobre la máxima de Confucio que allí figura: «Antes de embarcarte en un viaje de venganza, cava dos tumbas».

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