Ojalá le salga bien, presidente


Don Pedro Sánchez Pérez-Castejón ya tuvo su segundo minuto de gloria. El primero fue, naturalmente, el día que ganó la moción de censura y mucha gente se llamó por teléfono: «No te lo vas a creer, pero Pedro Sánchez es presidente del Gobierno». El segundo está siendo ahora mismo, cuando vemos la lista completa de sus ministros. La exclamación podría ser la misma: «No te lo vas a creer, pero Pedro Sánchez ha hecho un buen Gobierno». Digamos, por lo menos, que es un Gobierno presentable, con nombres que suenan bien, con personajes sugestivos y que no parece que vaya a provocar infartos por sus sobresaltos. Incluso consigue una interesante combinación de socialismo pata negra y concesiones a la ortodoxia capitalista. Por tener hasta tiene un astronauta, que le presta al Gabinete un punto exótico e imaginativo y me da en la nariz que va a ser un revulsivo en la política científica.

Una vez expresada la bienvenida, vienen las dudas, y la principal es si les dejarán gobernar y de qué margen de tiempo disponen. Desde luego, no es un equipo para convocar elecciones. Por ceñirme a un solo ejemplo, una mujer de tan altas responsabilidades en la Comisión Europea como Nadia Calviño no las abandona para una aventura de meses. Pero las dificultades son las conocidas: con solo 84 diputados ninguna estabilidad está asegurada. Pablo Iglesias se comportará con el Gobierno según le indiquen las encuestas, porque se está jugando su electorado: si el PSOE sube a su costa, tratará de segarle la hierba bajo los pies. El independentismo lo dejará caer si no obtiene ventajas para sus rupturas y sus repúblicas. Y ojalá no haya ningún acontecimiento internacional que provoque una recesión, porque el PP se encargaría rápidamente de poner en circulación una de sus mercancías preferidas: identificar socialismo con ruina económica.

Dichas estas obviedades, y al margen de consideraciones partidistas, España necesita que este experimento salga bien. El patriotismo es que este Gobierno no sea un fracaso. Sería deseable que la intención social que inspira a un Gabinete socialista fuese el complemento de un crecimiento económico que por ahora no consiguió avanzar en la elemental justicia de la igualdad. Sería magnífico que una ministra catalana como Batet acertase con la tecla de la permanencia de Cataluña en España. Sería fantástico que un engrandecimiento del partido socialista redujese la vía del descontento popular que alimenta los populismos. Y no sería tan malo asistir a un renacimiento del vilipendiado bipartidismo, con un PP llamado a la refundación de la mano de Alberto Núñez Feijoo y un PSOE que tanto gobernó y no merece perecer por impericia o por desconexión con la sociedad.

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