Geología de las razas

OPINIÓN

13 jun 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

En los tiempos en los que la tectónica de placas iba conformando Europa, la península Ibérica era un escudo rocoso que viajaba de sur a norte sobre una corteza cuarteada. Al principio, ese escudo era, más o menos, lo que hoy es la Meseta Central. Durante eones, la gran roca se desplazaba en solitario, pero a medida que se aproximaba a lo que sería su emplazamiento, pequeñas compañeras aparecían por aquí y por allá e iban acoplándose. El último choque con Europa levantó los Pirineos y el descenso del nivel de los océanos dibujó la actual Iberia.

Lo que se pretende con este lacónico resumen del hacer del núcleo terrestre y sus consecuencias en el manto y en la corteza es encajar la Geología con la Teoría de las Razas. En efecto, restando el sur peninsular, observamos que los pobladores de la periferia han elaborado, ya desde el siglo XIX en Euskadi y en Cataluña, y desde el XX en Galicia, Asturias, Baleares y Valencia (la excepción es Cantabria), una clasificación de las razas tomando como parámetros piel, pelo, cabeza, cara, complexión corporal y sangre. No necesitamos precisar con detalle cuáles son las características que colocan a unas en la parte superior de esta fantasmal pirámide y cuáles las que relegan al pie de esta a otras.

Aunque el nazismo sea el paradigma de nuestro tiempo, la preeminencia de unas razas sobre otras viene, cuando menos, del Epipaleolítico. El resto del devenir histórico ha consistido en una reiteración de este patrón mitológico, que es el propio de los xenófobos (todo racista es un xenófobo). La ciencia, por el contrario, dicta, sin que haya el más mínimo resquicio que avale lo contrario, que todos los humanos fuimos en el origen negros, descendiente de un antepasado común de chimpancés y australopitecos, y que los homos entroncamos con estos últimos.