Camino de Santa Pola


No es todavía la retirada definitiva. Sigue siendo presidente del PP hasta el 21 de julio, cuando otra persona -permítanme decir que Alberto Núñez Feijoo- asuma la sucesión. Pero ya no veremos más a Mariano Rajoy Brey en su escaño del Congreso de los Diputados. Ayer renunció a su acta. No es una renuncia cualquiera. Es el cierre de una de las más largas páginas personales de la política española. El próximo 20 de octubre se cumplirán 37 años de su elección como diputado en el Parlamento de Galicia.

Desde entonces hasta hoy se ha dedicado a la función pública en su integridad. Lo ha sido todo: diputado, concejal, presidente de Diputación, varias veces ministro y presidente. Es una vocación política firme, hasta el punto de pedir la excedencia como registrador de la propiedad, profesión a la que ahora retorna. La historia le juzgará, como a todos los presidentes. Y le anotará defectos y virtudes.

Pero, diga lo que diga la historia, Mariano Rajoy Brey es un personaje fundamental en los 40 años de democracia española. Conservador convencido, supo marcar la frontera entre la derecha europeísta y la extrema derecha, que existe en su partido. Mantuvo una fuerza política unida, lo cual es meritorio en un conservadurismo que siempre se distinguió por su capacidad de intriga y disgregación.

En su currículo figurarán muchos valores, siempre situados entre la realidad demostrable y la leyenda mágica. Creo que pertenece a la leyenda su proverbial intuición para medir los tiempos. Y creo que se ajusta a la realidad su calma para adoptar decisiones: la más notable, haber aguantado impasible para evitar que España fuese intervenida. Y ganó.

Su último gran mérito ha sido la recuperación económica. Sus últimos grandes deméritos, no haber podido combatir la desigualdad social, no haber percibido a tiempo la gravedad del problema de Cataluña y no haber sabido borrar la imagen de corrupción dentro de su partido. Y creo que su gran fallo, haberse rodeado de un grupo de políticos duros, que hicieron del PP un partido antipático para el resto de los partidos. La moción de censura que le derribó es consecuencia de esa antipatía. Se votó contra el PP, no a favor del PSOE. En la hora de la penúltima despedida, este cronista le dice adiós con alguna emoción. Hubo mucho Rajoy en nuestra vida. Y hubo mucha España en la vida de Rajoy. Perdemos un valor político, al margen de ideologías. Me costó trabajo verlo salir de La Moncloa. Hoy me cuesta imaginarlo en una oficina de registrador. Ahora bien: del escaño no lo echa nadie; se marcha por propia voluntad. Y confieso que no sé poner un adjetivo. Dudo entre aburrido, decepcionado, desengañado y voy a decirlo: quizá un poco asqueado.

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