Aceleración inaudita


Los que bromeaban con que Zidane le había marcado el camino a Rajoy se encontraron con que Rubiales, al cesar a Lopetegui, le había enseñado la puerta a Màxim y a Planas. Los que creían que el Gobierno bonito había conquistado su autonomía con la primera foto, se sienten acosados por ese Iglesias que les recuerda que sin él ‘na de na’ y con él ‘casi na de casi na’. La idea de que Sánchez es un péndulo, obligado a contradecir a Rajoy una vez por segundo, se ha instalado en la «jauría» progresista. Y todos los ministros se sienten obligados a decir inconveniencias y ofrecer gestos que los absuelvan del grave pecado de mantener las líneas básicas de la política social, laboral y presupuestaria del PP. Muchos españoles creen que la dura metáfora del «cirujano de hierro» ya es insuficiente, y que lo que ahora necesitamos es un pelotón de demolition women & men que vayan erradicando las liberalidades que afean la larga y exitosa historia de nuestro precioso país. Es decir… ¡estamos muy acelerados!, o, como dijo Hernández, hiperventilados.

Si Rivera aceleró como un loco, y, sin esperar a las curvas de la muerte, se la pegó en la recta de tribuna, Florentino Pérez aún aceleró más. Si Lopetegui pisó a fondo, como Alonso, hasta descuajeringar el cigüeñal, Iglesias estrelló en la curva de la censura el versátil bólido Podemos. Si Rubiales se tiró a la piscina para convertir a Hierro en un líder mundial, algún asesor de la Moncloa decidió que España debía salvar el Mediterráneo con un acto de enorme simbolismo, aunque el Aquarius ponga en solfa toda la política migratoria. Y todo indica que esta aceleración, provocada por la espectacularización de la política, ya no se puede parar, y que, siendo inexorable la bofetada, sólo podemos discutir en cuál de las curvas y a qué velocidad va a derrapar cada ministro.

La reforma constitucional -cuyo grado de acuerdo es cero- ya está declarada urgente y viable. La imposible reposición del Estatut al nivel de desajuste auspiciado por Zapatero ya se ha convertido en la nueva afrenta que va a exhibir Torra. La afirmación de que el equilibrio presupuestario es intocable ya convive con que las pensiones, los salarios, la reforma laboral, la sanidad universalizada, las becas, la resurrección de los científicos galácticos y la inmigración a la carta se van a gestionar mediante la inyección de euros a caño abierto. Y a nadie le extraña que, ante la imposibilidad de aprobar un nuevo techo de gasto, el presupuesto antisocial que los banqueros le hicieron a Rajoy se prorrogue, con Sánchez, hasta el año 2020.

Por eso quiero apuntarme, cuando aún estamos a tiempo, a una valiente frenada. Necesitamos más serenidad y menos espectáculo. Y que Sánchez no se sienta obligado a correr más que Marc Márquez para legitimar una censura que es legítima por ley. No vaya a ser que en solo dos semanas empecemos a echar en falta el temple inmutable y hierático de Rajoy.

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