Isla Nublar


Es esa sensación otra vez. Las pupilas dilatadas. La respiración superficial. Quedarse quieta. Muy quieta. El T-Rex solo reacciona al movimiento. Nos lo enseñó el doctor Alan Grant. Hace 25 años que el John Hammond se bajó del helicóptero en isla Nublar.

Veinticinco años y la sensación sigue intacta. El chispazo de incredulidad. Los ojos bien abiertos. La fina gota de sudor que resbala por la espina dorsal. Miedo, tensión, emoción, alguna carcajada, sorpresas a montones. Una enorme mansión, una niña que sabe que hay una pieza que falta. Un abuelo que no se lo puede contar. Un puñado de dientes, las garras golpeando el suelo con un sonoro tac tac tac. El doctor Henry Wu jugando a ser dios. El mosquito encerrado en la pieza de ámbar. Entender de una vez por todas que el que ruge no siempre es el enemigo mortal. Que está en su naturaleza cazar. Que son humanos los seres que muestran los signos más claros de inhumanidad. Que más que un colmillo, lo que lo desgarra todo es la codicia. La necesidad de ganar mucho, de enriquecerse más. Veinticincos años. Y Blue nos conoce. Aunque no quiere, no nos puede acompañar. El milagro sigue vivo. Quién no recuerda la primera vez que vio un dinosaurio. Esa sensación de incredulidad. De casi rozar con los dedos la piel rugosa. De que algo había cambiado para siempre. Bienvenidos, otra vez, a Jurassic Park.

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