La indiferencia de las bases


El lunes se cerró el plazo de inscripción de los afiliados del Partido Popular para poder votar el próximo día 5 de julio. Avanzada la tarde de ayer, se conoció el porcentaje de personas que lo hicieron, y fueron menos de las calculadas por los cálculos más optimistas: un 7,4 por ciento, con comunidades autónomas que quedaron por debajo. Si el total de afiliados anda en torno a los 800.000 -el primer partido de España, a mucha distancia de cualquier otro-, podrán votar unos 60.000. El entusiasmo participativo de la militancia se puede calificar como fracaso. Si estuviésemos hablando de Podemos o del PSOE, bastantes periódicos se habrían lanzado a hablar de divorcio entre las bases y la dirección.

Con el PP parece que hay una cierta tendencia a la compasión, porque se trata de una experiencia nueva, incluso insólita en el partido que puso literalmente a parir las primarias cuando las hacían otros partidos. Puestos a buscar explicaciones y, sobre todo, disculpas, se podrían añadir unas cuantas: todo ha sido muy precipitado y se quiso consolidar el modelo en pocos días; el sistema es demasiado complejo; no se entiende que el candidato votado por las bases pueda ser rechazado por el congreso; el requisito de estar al corriente en el pago de las cuotas ahuyentó a muchos y además, la gente estaba muy ocupada en ver los partidos del Mundial.

La realidad quizá sea más burda: no hay tantos afiliados como se ha dicho para presumir de fortaleza y de penetración social; quien montó el sistema de doble vuelta no tuvo ningún interés en facilitar la participación y lo hizo complicado porque no creía en esta forma de democracia interna; no se dio tiempo a una mínima campaña para animar la inscripción y sin inscripción no puede haber votación; los candidatos, una vez apartado Núñez Feijoo, no tienen tirón para ser creíbles cuando hablan de reformar el partido en el caso de Sáenz de Santamaría y Cospedal, o se confía poco en su triunfo en el caso de los demás; y finalmente, tampoco hay una tensión electoral comparable a la de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, y mucho menos a la de Pedro Sánchez y Susana Díaz.

No quiero obtener conclusiones precipitadas del proceso, pero lo que acabo de exponer es otro golpe al prestigio del partido que seguramente es el más sólido de España. Después de todo lo acumulado, ahora se añade la indiferencia de las bases. Qué pena. Qué pena, sobre todo, para el próximo líder del PP: arrastrará sobre sí el pecado original de unas elecciones sin participación; es decir, sin toda la legitimidad de origen. Y algo todavía peor para la imagen del partido: si su líder solo interesa al 7,4 por ciento de los militantes, ¿cómo va a interesar al resto de la sociedad?

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