Nos necesitan, los necesitamos


Cuando una persona se desploma en la calle, víctima de accidente o de infarto, no te paras a mirar si tiene sus papeles en regla, si goza de cobertura sanitaria o si te ensuciará el traje o la tapicería del coche con su sangre. Haces lo que dicta la decencia: le prestas los primeros auxilios, llamas al 061 o lo trasladas al hospital más próximo. Exactamente lo que hizo Pedro Sánchez con los 629 inmigrantes del Aquarius: un gesto humanitario, previo y ajeno a cualquier valoración de carácter político o económico. Que haya quien cuestione esa decisión, atribuyéndole motivaciones de índole egoísta, hace desconfiar del género humano. ¿Acaso tenían que dejarlos morir, uno desangrado en la calle y los otros ahogados en el Mediterráneo, para que tales acciones no fuesen consideradas operaciones de propaganda?

Después, pero solo después del rescate, vienen las otras consideraciones. Ver cómo se paga el hospital y definir el reparto de responsabilidades en el servicio de auxilio. Y las consecuencias del gesto, que algunos resumen, dándole un sesgo negativo, en el denominado efecto-llamada. Créanme, los gallegos somos expertos en ese concepto: recipendiarios del efecto-llamada que ejercían las puertas abiertas de Cuba, Argentina o Alemania. Y todavía nadie ha demostrado que a esos países les fuese mal con nuestra aportación.

Pero el rescate del Aquarius provocó otro efecto-llamada aún más potente. Supuso un aldabonazo que resonó en los confortables salones europeos. Colocó un espejo ante el rostro de la Unión Europea y aquel nos devolvió la imagen de un continente viejo, insolidario y surcado de arrugas xenófobas. El área mundial que inventó el Estado del bienestar quiere blindar sus fronteras, con un muro modelo Trump pero levantado en el mar. Por eso triplica sus fondos para reforzar sus fronteras exteriores y combatir la inmigración ilegal, y apenas reserva calderilla para operaciones de salvamento. La Europa que desde París lanzó al mundo la declaración universal de los derechos humanos ahoga en el Mediterráneo, cuna de las grandes civilizaciones, el derecho de asilo. Insolidaria hacia fuera, «Europa pisotea sus valores», escribió Sami Naïr. E insolidaria en su seno: incapaz de repartir equitativamente las cargas que supuestamente acarrea la inmigración.

Más aún que la insolidaridad, asusta la doble ceguera de Europa. En primer lugar, porque no hay muros, alambradas ni concertinas que frenen los flujos migratorios. «No podemos y nunca seremos capaces de detener la inmigración», escribió el griego Dimitris Avramopoulos, comisario europeo de Inmigración. Y en segundo término, porque necesitamos inmigrantes para capear el invierno demográfico que comenzó en el 2015: el primer año en que hubo más funerales que bautizos en la Unión Europea. La propia Angela Merkel, antes de quedarse ciega por causas demoscópicas, lo sabía bien al pronunciar su mensaje de fin de año 2014: «La inmigración nos beneficia a todos».

Si ellos nos necesitan y nosotros los necesitamos, ¿por qué la Europa insolidaria y ciega?

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