La lista de la vergüenza


El voyeurismo nacional tiene su gran fiesta anual por estas fechas. Es ahora cuando se publica la lista de morosos a la Hacienda Pública, y cientos o miles de páginas de Internet convocan al lector: «Si quiere ver la lista íntegra, pulse aquí». Hay que ser de una gran castidad visual para no caer en la tentación y no mirar por esa rendija a ver si figura algún conocido. Y nunca falla: siempre hay algún famoso, alguna empresa notoria y muchas sociedades del sector de la construcción, que sigue pagando -o debiendo- los efectos de la burbuja inmobiliaria.

Supongo que publicar esa lista tiene efectos benéficos para la recaudación, porque es como el escaparate de la vergüenza. Pero no es lo mismo ser un personaje conocido que una sociedad anónima. No sé qué harán hoy los periódicos, pero sus ediciones digitales coincidían ayer en destacar tres nombres como símbolos de la morosidad fiscal: Rodrigo Rato, Dani Alves y Miguel Bosé. ¿Son los que más deben? No: son incluso de los que menos deben, aunque siempre por encima del millón de euros. Hay una empresa que debe 300 veces más que Rato, pongo por caso. Pero es una sociedad anónima; no tiene el morbo de un personaje popular. El castigo de imagen a un famoso es muy superior al de los mayores defraudadores. La Agencia Tributaria lo sabe desde el caso de Lola Flores.

Hacienda hace bien en dar a la luz esa lista, porque es escandaloso que 4.318 personas físicas o jurídicas deban al erario público 15.000 millones de euros, que es la cantidad que el Estado gasta cada año en el subsidio de desempleo. No estoy tan seguro de que sea ejemplarizante, como se pretende. Lo que vale de verdad es indignante para el conjunto de los contribuyentes. En esa relación hay nombres propios que vemos en las crónicas de amor y lujo, como el famoso chatarrero que se dedica a enamorar a señoras como la nieta de Franco o la ilustre creadora de moda Ágatha Ruiz de la Prada. Su empresa de desguaces debe al fisco 14 millones de euros, y no parece que afecte a su tren de vida.

¿Lo comparamos con los profesionales que han tenido que malvender su vivienda porque han cometido un error de tributación? ¿Lo comparamos a él y otros con quienes sin categoría económica para aparecer en la lista han ingresado en el sector de los nuevos proletarios, literalmente abrasados por la deuda, las sanciones y los intereses de demora? No hay comparación posible. A efectos de irregularidades fiscales, parece que hay dos clases de españoles: los que tienen recursos o trucos para ser morosos y seguir viviendo como potentados y los que han caído como pajarillos y se han quedado sin recursos ni para comprar las revistas en las que aparecen los famosos de la deuda descomunal.

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