Hígados


Adeterminadas personas, del fútbol solo nos interesa lo que no es fútbol. Una tarde en el Bernabéu todo era extraordinario menos el sube y baja de los jugadores: la dimensión escénica del campo, el ruido sordo y constante igual al del mar cuando está a punto de liarla, el señor de delante que encadenaba sentencias. Otra tarde de Eurocopa en un bar de Ámsterdam, una veintena de tipos que ni siquiera parecían de la misma especie se convirtieron en grandes camaradas cuando entraron en los detalles de la competición. La conversación transcurría por señas y gruñidos pero fluía de una manera increíble. Y otra tarde de este Mundial, en un bar de Monte Alto, el primer partido de España demostró cómo el fútbol desata a los más circunspectos y conecta a personas que no comparten nada más que ese amor inexplicable, porque inexplicables son los grandes amores. Ahí te percatas de los asuntos que competen al balompié y por un momento te apena no haber sido bendecida con el gen.

Pero al gustarte del fútbol justo lo que no es fútbol ocurre que las cosas malas no las compensas con las buenas. Imagino que el trance de un caño de Riquelme amortigua el bochorno de Maradona haciendo el imbécil en la grada. Pero si la naturaleza no te dotó de sensibilidad para apreciar una buena chilena, las cosas malas del fútbol te provocan un repelús insuperable.

La clemencia de Hacienda con los clubes, la convicción de que las ligas solo las pueden ganar los dos equipos que manejan la pasta, las cuchipandas con grandes especuladores o la connivencia con delincuentes violentos que son los amos de las gradas convierten muchas veces el fútbol en algo odioso. Y a la lista se sumó estos días una sospecha terrible tras escuchar al presidente de un club encargar un hígado por teléfono con la soltura con la que se pide una pizza margarita. Efectivamente, el fútbol es más que un deporte. Vaya, vaya.

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