La sonrisa de Sánchez


Da la impresión de que hemos pasado de un debate público de ideas y proyectos a una opacidad hecha de trueques y cambalaches que quizá se mantienen en secreto para que perdure la esperanza de que algo se está moviendo en la buena dirección. Pero nadie nos ha explicado los objetivos ni los propósitos de tan misteriosas convocatorias o citas, sobre todo acerca de Cataluña. Porque Cataluña parece que fuera el único problema en la agenda del Gobierno de Sánchez. Lo cual no es muy tranquilizador porque, en la desesperación por salir adelante, pudiera acordarse algún despropósito.

Lo que se percibe es que algo se mueve, cierto, pero todo aherrojado bajo las siete llaves de lo insondable, porque nada relevante se nos transmite. Antes se pedía luz y taquígrafos. Ahora la luz y los taquígrafos han sido desterrados y sustituidos por un uso de buenas formas, que se quieren hacer figurar como parte de un diálogo prudente que debe desembocar en el entendimiento y en el acuerdo. Dicho en román paladino, si la sonrisa de Sánchez significa esto, sigamos adelante. Pero, por favor, que alguien le explique que ni la mejor sonrisa -y la suya es buena- puede apear a un independentista compulsivo y obsesivo de sus firmes convicciones rupturistas o separatistas. Creo.

Un día de estos -así lo espero-, el presidente Sánchez descubrirá los límites de su propio espectáculo y quizá tenga que ponerse serio. Porque, si no lo hace él, lo hará… ¿otro presidente? Mi consejo sería que no jugase con las cosas de comer ni con la unidad de España, por más que su hombre en Cataluña, Miguel Iceta, disfrute de verdaderos ataques de optimismo. Mejor que le consulte a Josep Borrell, que peina canas de sabiduría sobre esto y no practica la ingenuidad del recién llegado al poder.

Entre tanto, si la sonrisa de Sánchez fuctifica y tiene de veras poderes políticos, mejor para todos. Pero que no olvide que la exigencia de atenerse a la ley es el primer requisito de un diálogo que aspire a ser verdaderamente constructivo. Y si un día tiene que desmontar el circo catalán, que se ponga serio y desdeñe la ingenuidad del recién llegado. Porque el problema catalán es real y debe afrontarse con todas las consecuencias.

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