España es un cuadro: las hilanderas


El Prado, que está casi de cumpleaños, doscientos años en el 2019, fue idea de una mujer: María Isabel de Braganza, segunda esposa de Fernando VII y entusiasta del arte. No llegó a ver la inauguración al fallecer meses antes por un parto prematuro. Tal y como tenemos a España nada como pensar en cuadros del Prado para reflexionar sobre nuestro partido país. La cabeza de la mayoría se va a Goya y su duelo a palos, donde tantos vemos a los dos Españas a garrotazos. Los más pesimistas siguen con el genio de Goya y su Saturno devorando a su hijo. Saturno representaría a cualquiera de los políticos que nos dirigen y el hijo ya sin cabeza, sin un brazo y el otro a punto de ser devorado podríamos ser usted o yo, sufridos españoles de a pie, pagadores de impuestos. Más tremendismo, realista por desgracia, de Goya: La carga de los mamelucos o Los fusilamientos del 3 de mayo. Pero la Historia registra un encargo oficial de cuadro de España. Aunque no añade luz. También es trágico. Fue el presidente Sagasta, un liberal, el que le pidió a Gisbert que pintase los fusilamientos de los liberales del general Torrijos que fueron traicionados en las playas de Málaga por los conservadores para que jamás se olvidase el precio de la libertad, el coste de los errores. La imagen es dura. Nunca tuvo tan poca luz la costa malagueña. Entre los favoritos para representar a España en esta Eurovisión de las pinacotecas están siempre las obras de Velázquez. Sobre todo, dos. La Rendición de Breda, que ofrece una visión más generosa y, cómo no, Las meninas, un cuadro dentro de un cuadro. Pero volvemos a la chulería, otro mal nacional, y otra de las pinturas que se pueden tomar por póster del país, que cuelga en esa casa del arte que es el Prado, es el retrato del Conde Duque Olivares. Ese Gaspar de Guzmán por Velázquez y que representa el mundo tan español de los validos, los enchufes, la corrupción. El Conde Duque Olivares, que mira sobrado desde lo alto, con las patas del caballo levantadas. Todo muy español. Muy del cogollo. Pero sin apearnos de Velázquez vamos a cerrar esta selección de cámara de España con ilusión: la de Las hilanderas. Ahí sí que tenemos la otra España, la de la mayoría, la silenciosa, la de las mujeres que ya se han hartado, la de las trabajadoras que hacen su labor de tejer y de soñar. Tenemos tanto que tejer y soñar todavía en esta España ahíta de ruido, furia y confusión.

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