La losa que tapa la caja de Pandora


El 23 de noviembre de 1975, cuando los despojos del dictador Franco bajaron a tierra en la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, ni Iglesias, ni Rivera, ni Casado habían nacido. Y Sánchez, que en el contexto político actual ya frisa la vejez, tenía tres añitos, y comía con babero. Yo, en cambio, había cumplido 26 años, tenía causa latente en el TOP, había retrasado año y medio el final de mi segunda carrera porque me habían negado la prórroga del servicio militar, y tampoco disponía de pasaporte por estar fichado en la DGS como un peligroso subversivo de la extrema izquierda.

Por eso recuerdo aquel entierro con absoluta precisión. Porque yo sabía lo que era una dictadura arraigada, y aunque mis análisis de politólogo me aseguraban una transición inexorable, aún tenía miedo de que una ráfaga de viento, o el vuelo de una mosca, o un general ansioso de hacer historia, degradase, frustrase o retrasase sine die la democracia en ciernes.

También sabía que no es fácil deshacerse de un dictador, ni borrarlo de la memoria colectiva, ni evitar que la tierra que lo cubre sea sacralizada por los devotos del autoritarismos que nunca faltan a sus propias citas.

Por eso estuve viendo por la tele, desde Forcarei, como lo bajaban al agujero, como le rezaban el último responso, y como el opaco golpe de una losa de dos toneladas ponía fin a la dictadura y levantaba la sesión. En mi casa, donde se había seguido el ceremonial con incrédulo silencio, nos sentimos liberados, asumimos que empezaba un tiempo nuevo, y nos comimos el cocido que había hecho mamá -con su perfección acostumbrada- en medio de una extraña algarabía. Y todos dimos por bien empleado aquel templo de Cuelgamuros, si los huesos del dictador quedaban eternamente encerrados y olvidados en tan austero mausoleo.

Pero los de ahora, que nunca sintieron en su cogote el aliento de una dictadura, quieren remover la losa. Y bastó el enunciado de ese estéril compromiso para que la pesadilla franquista haya regresado a la agenda política. No se dan cuenta de lo peligroso que puede ser quitarle la tapa a una caja de Pandora.

Y todos los viejos empezamos a temer que lo exhumen sin saber dónde inhumarlo; que paseemos su cadaleito por Castilla igual que hizo Juana la Loca con Felipe el Hermoso; que tengamos que pagar la custodia de sus restos para evitar su profanación o su sacralización; y, lo que es peor, que infrinjamos la ley, al desenterrar un muerto que tiene cuatro décadas de posesión legal de su tumba, hasta que un juez diga que los muertos no pueden salir en procesión, y que hay que devolverlo a donde la historia lo sepultó y su familia quiere tenerlo. Un país que no tiene nada mejor y más urgente que hacer que remover muertos, no tiene futuro. Y mucho me temo que si el consejo evangélico (Lucas, 9: 60) sigue siendo válido -«dejad que los muertos entierren a sus muertos»-, también pueden pertenecer a la Santa Compaña los que exhuman a sus muertos.

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