Una juventud culta, libre y en color


La numerosa tribu de sociólogos que solo ejercen en Twitter y en las tertulias, cuyas teorías caben siempre en 140 caracteres, logró imponer entre la generación de jóvenes, maduros y viejos mejor formada de la historia esa solemne majadería de que hubo una cultura en blanco y negro, que coincidió con el cine de Bergman, el existencialismo y el Mayo del 68, y con una dictadura en la que todos éramos rudos y analfabetos; y una cultura en color, que coincide con la importación masiva de televisores y cámaras coreanos, y con la universalización de selfis y vídeos en las que todas las parvadas, las borracheras y los excesos de velocidad se transmiten -¡en tiempo real!- y a todo color.

De acuerdo con esta teoría, las películas de Torrente, por ejemplo, son mejores que Viridiana, Calle Mayor o El verdugo; los raperos obsesos y blasfemos superan a Paco Ibáñez y a Los Brincos; la Tomatina de Buñol es más culta que la Semana Santa sevillana; y Cine de barrio supera al añorado Estudio 1, que, manejado a capricho por la dictadura, aún programaba el Don Juan Tenorio, por Difuntos, en vez de exhibir a niños, vestidos como adefesios, en la horterada del Halloween.

Merced a esta estupidez mediática, los viejos como yo estamos convencidos de que tuvimos una juventud triste y sombría, en la que no había Beatles ni Rolling Stones, ni modistos como Balenciaga o Versace; no íbamos a la Universidad, ni a los museos, ni a los conciertos del Teatro Real; y no sabíamos ni bailar ni cantar el rocanrol como Dios manda.

Y así salimos -a base de procesiones, represión sexual, tocino y Cara al sol- todos tarados, reprimidos y obsoletos.

Hechos al negro, y ajenos al color, la gente de mi generación no tuvimos cultura suficiente como para insultar a la Virgen por Navidad; hacer botellones hasta colapsar las urgencias; reunirnos en manadas para acosar y violar mujeres; y medir el éxito de las fiestas tipo San Fermín -que es lo que se lleva ahora- por las toneladas de basura que dejamos en las calles.

No sabíamos vivir la fiesta más allá de las tres de la madrugada, ni teníamos el coraje necesario para pintarrajear todos los edificios con los logos de nuestras tribus urbanas. Porque todo esto necesita color, cultura, y libertad.

La culminación de esta cultura del color debió de ser, imagino, pintarle bigotes azules a un pobre santo, de mármol inmaculado, de la fachada catedralicia de Platerías, que, respetado durante nueve siglos por todas las generaciones, tuvo que esperar a la cultura del color ejercida por la generación mejor formada y más libre de la historia, para lucir un poco de azul sobre los grises medievales. Porque nuestra juventud se rodó en blanco y negro, y fuimos tan cobardes que nunca nos atrevimos a pintarrajear catedrales, ni a mear contra los muros románicos, ni a profanar la religión popular, ni a confundir la provocación con la belleza. Éramos incultos, obviamente, y nunca sentimos la plena libertad. ¡Unos desgraciados, vamos!

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