El máster y la teoría del perdón


Debo ser un tipo raro porque a mí, francamente, me la trae al pairo si a Pablo Casado le regalaron o no su máster. Si el viejo hombre nuevo del PP es una lumbrera, capaz de liquidar en quince días -y en régimen de pluriempleo- lo que a otros les cuesta una esforzada eternidad, o si todo su currículo académico resulta más falso que un duro sevillano. Lo que me irrita de verdad es que el PP inste a «pedir disculpas» a quienes dudan de la honorabilidad de Casado. Es decir, yo y unos cuantos millones de españoles más. Lo que me enerva, y tortura mis neuronas, es la devaluación del concepto de perdón, un magnífico invento judeo-cristiano que siempre nos permitía a los crápulas y pecadores ganarnos el paraíso in articulo mortis: un segundo de arrepentimiento purificaba nuestras vidas disolutas. Y a gozar de las ninfas del edén.

En el salto de la teología a la política, el perdón se ha trivializado. Antes servía para ganar el cielo y ahora, también, para limpiar con mistol y proseguir una espléndida carrera política. Al etarra que deja de matar se le exige, para que su redención sea completa, que pida perdón a las víctimas. Y al rey que caza elefantes en Botsuana, en compañía de su musa Corinna, que pida perdón a los españoles. Absolución y santas pascuas.

Paralelamente, el perdón se ha derechizado. Todos quienes exhibimos canas -o calvicie-, recitábamos aquella parte del Padre Nuestro clásico: «Y perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mateo, 6, 9-13). Vino después la jerarquía eclesiástica con el corta y pega, y donde decía «deudas» puso «ofensas», cambio que ofende menos a la sensibilidad de la oligarquía financiera y al FMI. Porque ya lo dice el artículo 135 de la Constitución: las deudas, a diferencia de los pecados, son imperdonables. El «disculpe» y el «perdone» sirven desde entonces para un roto y un descosido: para colarnos en la fila del supermercado, apelar al camarero o funcionario poco diligentes o condonar el codazo propinado al vecino aunque sin mala intención.

Pero el caso Casado -disculpen la cacofonía- supone un nuevo salto cualitativo en la teoría del perdón. Antes sabíamos qué había que perdonar y a quién dirigirle la instancia. Cuál era la ofensa y quiénes los ofendidos. Ahora ya no. Según las viejas reglas, Pablo Casado debería pedir disculpas a todos los españoles por contribuir al descrédito de la Universidad. Y a los matriculados en el máster que se dejaron las pestañas para tal vez conseguir un raquítico aprobado. E incluso a sus compañeras imputadas que no tienen la fortuna de gozar de aforamiento. Pero no, en la versión del lobito bueno al que maltrataban todos los corderos, somos nosotros -la prensa canallesca, los deleznables partidos políticos, los conspiradores judeo-masónicos- quienes debemos pedirle disculpas por cuestionar su honorabilidad.

A este paso, me descuelgo de la teoría. Y vuelvo a Séneca, quien rechazaba el perdón -no la clemencia- con un argumento de peso: «Perdón significa remisión del castigo merecido».

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