¿Memoria histórica? ¿Cuál memoria?


Nacida no con el objetivo de cerrar definitivamente las heridas del pasado, sino de reabrirlas como arma de futuras luchas partidistas, la reivindicación de la llamada memoria histórica ha adquirido en España el carácter de una indiscutible exigencia democrática. Tanto que casi nadie se atreve a poner en entredicho los dos elementos sobre los que tal reivindicación se ha construido: el supuesto olvido en el que, según la extrema izquierda, a la que el PSOE se unió luego, se basaría nuestro Estado democrático; y la no menos supuesta existencia de una memoria colectiva sobre el trágico pasado de la guerra y la dictadura.

Para refutar la teoría del pacto de silencio basta leer un trabajo excepcional del profesor Santos Juliá (Echar al olvido, en el número 129 de Claves de Razón Práctica) donde el brillante historiador, de nítida trayectoria antifranquista, niega la mayor: «Durante la transición, y antes, se habló mucho del pasado; ocurrió, sin embargo, que se habló no de un modo que se alimentara con su recuerdo el conflicto ni se utilizara como arma de lucha política, sino de un modo que sobre él pudiese extenderse una amnistía general». Por ello, planteaba Juliá en el 2003: «Habría que acabar de una buena vez con la falacia de que hemos vivido sometidos a una tiranía del silencio […]. Cuando hoy se dice que es preciso ‘combatir el olvido’, ‘recuperar la memoria’ del exilio, de los muertos, de la guerra, porque la historia oficial los ha silenciado, porque han quedado excluidos de la memoria, se ignora que las publicaciones sobre todos esos asuntos comenzaron en España al poco tiempo de morir Franco y alcanzan hoy cantidades abrumadoras […] Hemos investigado, publicado y hablado de nuestro reciente pasado hasta la saciedad».

No, ni ha habido desmemoria, ni puede haber una única memoria, común o colectiva, pues en una sociedad democrática el juicio sobre el pasado es plural por naturaleza. No hay memoria en singular sino memorias en plural. Quienes sufrieron el franquismo no tienen la misma que quienes fueron sus beneficiarios, como es diferente la memoria de los que durante la guerra sufrieron la represión en el bando republicano o en el sublevado.

Solo la historia, y con no pocas dificultades, puede aspirar a fijar un relato que, por científico, sea mayoritariamente compartido. La historia se afana por ser objetiva mientras las memorias de sus hechos no pueden por definición ser más que subjetivas: tanto como la forma en que aquellos fueron vividos por sus protagonistas.

Entiérrese en buena hora, aunque sea con tantos años de retraso, a los que en mala hora fueron asesinados. Elimínense los signos ofensivos de cuando «media España ocupaba España entera», según el verso conmovedor de Gil de Biedma. Y déjese a cada uno en paz con su memoria, pues no es a esta, sino a la historia, a la que corresponde poner las cosas en su sitio.

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