Europa pide paso al calor del verano


Todo indica que, a medida que avanzan las tecnologías de la información y la alfabetización digital de los ciudadanos -pues todos llevamos en el bolsillo más capacidad de comunicación de la que tenía The New York Times hace veinte años-, más se banalizan y espectacularizan los contenidos que recibimos, y más se invierte la relación entre lo que es esencial o anecdótico, en favor, obviamente, de lo segundo. La razón de esta sinrazón es que todos -tanto los que introducen los contenidos en el medio, como los que después los consumimos-, hemos cambiado nuestra percepción sobre los medios de comunicación, que, si antes primaban la información sobre el entretenimiento, hoy hacen exactamente lo contrario.

Solo así se explica que, mientras nuestro entorno se abrasa en sus conflictos, migraciones e injusticias; mientras el populismo y el nacionalismo avanzan en América y Europa; mientras Rusia y China tratan de desarrollar un neoimperialismo a la medida de sus autoritarismos; mientras el cambio climático compromete la viabilidad de nuestra civilización; y mientras una serie de desajustes sociales, políticos y económicos abonan con pólvora los escenarios internacionales, nosotros consumimos ávidamente información sobre el tiempo y las tormentas de verano, el clan de los Charlines, el máster de Casado, el nuevo curro de la pareja de Sánchez, las tumbas de Franco y José Antonio, la ruda competición que mantienen las casas reales por ver qué reina o qué princesa luce mejor la última moda, las fuleras ideas que logra colar Quin Torra en la mayoría de los servicios informativos, y los depredadores sexuales que, en manada o en solitario, se han convertido en el común denominador de las fiestas veraniegas.

Lo curioso es que en las rebabas de estos temas -banales o esenciales- se cuela la evidencia de que casi todos los Estados -salvo, quizá, EE. UU., China y Rusia- tienen claro que ni los problemas ni sus soluciones se pueden abordar por separado, y que, si seguimos fragmentando nuestras políticas e intereses, y renunciamos a lo poco que habíamos avanzado en la gobernanza globalizada, corremos el riesgo de despertar las armas, casi sin querer, como hicimos otras veces.

Europa es hoy, como tantas veces, un magnífico laboratorio de ensayos, en el que se pueden observar y medir -todavía sin riesgos- los efectos de las políticas de integración y desintegración que pugnan por ganarse las preferencias de los ciudadanos de las democracias más avanzadas y poderosas del mundo. Y por eso extraña que, mientras Europa pide paso en todos los problemas que nos afectan, los europeos hayamos retirado de los medios el debate esencial sobre la UE, y sigamos creyendo que un Estado capaz de replegarse sobre sí mismo es como un búnker inexpugnable para los males del siglo. Y eso es un craso error. Porque, si no hay nada más global que las catástrofes y los desórdenes, nada puede ser más inseguro que un Estado aislado en medio de una tempestad.

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