La nanopolítica y los refugiados


Francamente, uno se cansa de practicar la nanotecnología política. De examinar si esta variación cuántica, subatómica, supone un avance o un retroceso en la historia de la humanidad. Me niego a seguir el juego del ínfimo detalle, donde las fichas se mueven imperceptiblemente hacia delante o hacia atrás, pero en un tablero cada vez más escorado a la derecha. Me niego a reconocer progresión alguna entre el rescate unilateral de los 630 inmigrantes del Aquarius I, cobijados por el Gobierno de España, y los 141 inmigrantes del Aquarius II, repartidos entre media docena de países europeos. Y me repugna la mísera disputa por las supuestas medallas, que trata de dilucidar quién promovió el acuerdo o quién fue más generoso en la limosna, porque no veo mérito ni galardón alguno que se pueda repartir.

Al presidente de la Xunta le abochorna el hundimiento del pantalán de Vigo, aunque milagrosamente no hubo víctimas mortales. A Matteo Salvini le abochorna el desplome del puente de Génova, con un saldo de 39 muertos. A mí -y hablo en singular, porque la marea del egoísmo xenófobo hace estragos- me abochorna Europa. Esa Europa que contempla, impertérrita, sin inmutarse, cómo el Mediterráneo, cuna de civilizaciones, se está transformando en una gigantesca fosa común. El diáfano espejo de su (nuestra) vergüenza. En dos meses, desde que el Aquarius atracó en Valencia hasta que desembarcó su nuevo cargamento de carne humana en Malta, un millar de personas -12.000 en tres años- se ahogaron en ese maldito mar. ¿Su delito? Buscar la tierra prometida, la habitada por seres de otra piel y otra cultura que no desean ser molestados durante su benéfica siesta.

No hablo de solidaridad ni de ética, ni de buenismo ni de luciferismo, tampoco de puertas abiertas, entreabiertas o cerradas a cal y canto. Así que absténganse mis detractores habituales. Únicamente hablo, como solía hacerlo mi viejo amigo Mariano Rajoy, del imperio de la ley. De la ley que establece, como recuerda Acnur, «la obligación legal de rescatar vidas en el mar». De una norma fundamental del derecho internacional. De la Convención de las Naciones Unidas sobre el derecho del mar y del Estatuto del Refugiado, rubricado en 1951 para proteger a los ¡refugiados europeos! de la Segunda Guerra Mundial. Europa incumple la ley: delinque.

En este contexto, ¿cómo quieren que valore, a falta de un microscopio de alta precisión, la decisión de seis países de recibir la extraordinaria avalancha de 255 refugiados, 141 del Aquarius y 114 rescatados por Malta. Han leído bien: 255, no 255.000, ni 25.500, ni siquiera 2.550. ¡Qué potencia solidaria! Alemania, la locomotora de Europa, acoge 50 náufragos. Francia, España e Italia, tres de los quince países más poderosos del planeta, 140 en total. Luxemburgo, la renta per cápita más elevada del mundo, cinco refugiados, cuota asumible por Monterroso sin despeinarse. Seis países avanzados, con más de 265 millones de habitantes, necesitaron cinco días y cinco noches para acordar ese descomunal derroche de solidaridad.

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