Los funerales y memoriales de Estado


Hace cien años, cuando las sociedades eran modernas -¡no posmodernas!- y basaban su eficacia en la división del trabajo, los Estados y la Iglesia tenían competencias complementarias. Por ejemplo: los Estados mataban -con enorme eficacia, por cierto-, pero no enterraban. Y la Iglesia no mataba, porque incluso la Inquisición derivaba los condenados al «brazo secular», pero enterraba divinamente, en magníficas iglesias e impresionantes rituales. Y este reparto de papeles evitó muchos problemas. Es cierto que in illo tempore también había funerales de Estado. Pero, incluso en ellos, los papeles estaban señalados. 

El poder definía las contadas personas a las que se le concedía este honor, trasladaba el muerto a la catedral sobre un armón de artillería, le rendía honores militares, pagaba los coros y orquestas que eran la quintaesencia del ceremonial, y acondicionaba el mausoleo que debía proclamar la memoria del difunto.

La Iglesia, por su parte, se encargaba de humanizar al muerto, de convertirlo en un humilde pecador, y de decir sobre los despojos del hombre de Estado las mismas palabras que se le prodigaban a los que morían en cualquier soportal y eran enterrados -«requiem aeternam dona eis domine»- por la beneficencia. Y también había funerales masivos -en las pestes y terremotos, o al final de las guerras- a las que asistían las autoridades, pero no eran funerales de Estado.

Pero llegó la posmodernidad y se acabó la división del trabajo. El Estado -que ahora se hizo laico- asumió la competencia en entierros y memoriales, empezó a reglarle funerales de Estado y días de luto oficial a todo bicho agonizante, mezclando el tránsito a la vida eterna con ese extraño «donde quiera que estés» que ahora encarna una fría y efímera memoria.

Y empezó a liarla parda con ceremoniales estúpidos, discursos inconvenientes, familiares cabreados, víctimas resabiadas, el cant dels ocels -para que suene a responso y evite que la gente exija el «Libera me, Domine, de morte aeterna», y una creciente participación del pueblo que, en vez de rezar el padrenuestro en cada silencio ritual, piden la dimisión del Rey, proclaman la república, cuelgan peluches por las orejas, e improvisan cutres altares fetichistas y callejeros a base de pósits con frasecitas ñoñas, velitas que nadie sabe qué quieren decir y pares de zapatillas usadas por una víctima.

Menos mal que en Génova, unos católicos, sencillos y sin complejos, acaban de gritar el primer ¡basta! a la expansión del Estado. «¡Encárguese usted, papá Estado, de los puentes y los hospitales, y deje a los muertos en manos de quien los quiere enterrar con caridad y fraterna esperanza!». Muchos genoveses -como a mí me gusta decir- no le prestaron sus muertos al Estado para un funeral sin fe.

Porque ellos saben muy bien que nada consuela más a los que siguen vivos que un funeral despolitizado y bien llorado, que termina con un sencillo padrenuestro rezado por todos y para todos. Amén.

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