Los Le Pen no están solos


Cuando Marine Le Pen llegó al pulso definitivo por la presidencia francesa y el Frente Nacional avanzó en territorios de empresas agónicas, minas muertas, selvas de inmigrantes y jóvenes con trabajos precarios todo parecía una gigantesca pataleta antisistema. Y tan gigantesca. Más de diez millones y medio de votos. Pero después llegaron otras elecciones, otros discursos nostálgicos de pasadas oscuridades. Pecados que, a estas alturas de historia y democracia, quizás en la Unión Europea se les suponían a los pobres parias del sur o a los nuevos socios del este. Pero esta epidemia no distingue fronteras. Paradójicamente, todas parecen exquisitas a esta enfermedad. En Alemania, a la que se le presumía la mayor y más dramática de las vacunas, la bestia se va sacudiendo los complejos. Marchas neonazis, saludos hitlerianos y llamadas a la limpieza. Estampas impensables hace nada. Más al norte, la ira también amenaza con filtrarse en las urnas. Los sondeos adjudican más del 20 % de los votos de las próximas elecciones legislativas suecas al SD, partido de ultraderecha. Algunas encuestas le dan incluso el 30 %. Una de cada tres papeletas. Demócratas de Suecia, se llaman. Bonito nombre para una formación con vínculos con los nazis de nuevo cuño. Aunque en los últimos tiempos hayan tuneado la escenografía y el emblema del partido. Más flores. Y menos evidente aquello de la supremacía aria. El virus es peligroso. Muta adaptándose a los distintos países para que sus ciudadanos sientan que son los mejores, pero frustrados por la peor de las injusticias. Elegidos por sus dioses y vilipendiados por sus vecinos.

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