Paro juvenil


Me dijo ayer un empresario que le está resultando imposible abrir otro negocio por falta de gente. Como puse cara de extrañeza, aclaró: «Sí, falta de personal. No hay manera. Tengo todo listo desde febrero y no consigo arrancar». No sé si me vio incrédulo o interesado, pero se embaló en un tono progresivamente molesto: «No aparecen en las entrevistas o aparecen tarde y con sus padres, que es una cosa muy desconcertante, y te dan un currículo con una foto irreconocible o en la que no está su cara». Pero lo peor, según él, llega si los contrata: «El otro día vino la madre de uno a buscarlo: cuando llevaba dos horas trabajando, le pidió que le recogiera porque se le hacía mucho». La tarea no requería mucha pericia, por lo visto, y tampoco demandaba exigencias físicas particulares. Simplemente, «se le hacía mucho». Había percibido hace tiempo cierta blandenguería, pero no imaginaba que hubiera adquirido proporciones tan desmesuradas. Veinte años atrás empezó a chocarme que los padres llevaran a sus hijos a la Universidad -algo impensable en mi época-, pero que vayan a las entrevistas de trabajo o a rescatarlos si «se les hace mucho», me resulta casi inconcebible, y más si se tratara de un proceder generalizado cuando padecemos la lacra gravísima de un gigantesco paro juvenil que, si no lo remediamos pronto, tendrá muchas y muy graves consecuencias. Pero lo más común, me parece que no es el señoritismo, sino su contrario: la angustia, la experiencia de buscar sin suerte. En este caso, se trataba de personas con una cualificación profesional específica para esos puestos. Probablemente sea un problema de ese sector. Porque si no, tendríamos que repensar algunas cosas.

@pacosanchez

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