Jacinto Rama, el dulce alquimista


En tiempos tan amargos e inciertos como estos, una persona como Jacinto Rama pone el contrapunto dulce en el panorama de cada día. Y es que Jaci, como suelen llamarle en familia, es pastelero de profesión.

Es verdad que pocas veces un pastelero es noticia o es protagonista. Sin embargo, nuestro mundo no se entendería sin ellos. Seguramente no concebiríamos un mundo sin dulces, sin esos sabores que asociamos a momentos inolvidables como la Navidad, la Pascua, los cumpleaños, las fiestas con amigos, las tertulias, las meriendas, la hora del café, o la recuperación tras una enfermedad…

Los dulces son parte de nuestro ADN cultural y sin embargo nuestros pasteleros y confiteros quedan habitualmente en el anonimato. Es como si fueran una especie de monjes, que nos transmitieran todo el sabor y el saber, sin esperar más gloria y satisfacción que la del trabajo bien hecho y la felicidad ajena.

Jacinto Rama es un poco (o bastante) así: un híbrido entre un alquimista y un monje benedictino, cumpliendo fielmente el ora et labora, en una especie de Lectio divina infinita.

A Jaci la vocación le viene casi desde la cuna, porque sus padres, Jacinto y Fini, empezaron casi adolescentes con la confitería familiar, y creció entre chocolates, hojaldres y merengues, entre siropes y espumas, entre aromas de obrador y férrea disciplina de trabajo.

Con enorme sentido de la familia y del equipo, Jacinto Rama es un modelo de humildad y discreción, que siente su profesión como la mejor del mundo y que en cualquier momento está preparado para elevar la pastelería y la repostería al rango que se merece: el del arte y la artesanía, el de la maestría y la recuperación de la tradición, y el de la imaginación sin límite.

Así es que este cuarentañero de aspecto bonachón y pacífico, que inspira una serenidad enorme, tiene una cabeza inquieta y perfeccionista, que se refleja plenamente en sus dulces creaciones.

Me consta que Jaci se preocupa por su gremio y que le encantaría que los profesionales de este sector tuvieran en Asturias una proyección más amplia, como sin duda se merecen, teniendo en cuenta el alto nivel que existe en nuestra tierra.

Él va poco a poco, pasito a pasito, firme y decidido, como cuando está mimando el alumbramiento de un bombón en el obrador familiar, de la mano de su padre Jacinto, del que no solo tomó el nombre, sino también oficio y vocación.

Hay dos cosas que admiro especialmente en la cadencia vital de Jacinto: su militancia cristiana de base, que ejerce con valentía y convicción, y su amor por las raíces familiares maternas en un pueblo de Las Regueras llamado Ania, donde disfrutaba cuidando las vacas de su abuela, que se llamaban Perla y Morica, y cuyos nombres aún recuerda. Son dos pequeños grandes detalles que dicen mucho de él; bueno en realidad lo dicen todo.

Jacinto Rama, cuya inspiración le llega directamente desde el primigenio Camino de Santiago que fundara Alfonso II, es un exponente no solo de la excelencia actual de la pastelería asturiana, sino del potencial de un gremio de escasa visibilidad que, sin embargo, aporta sabor, alegría, vitalidad, glamour e imaginación a un destino en el que los viajeros aprecian la dulcería asturiana como una creación única en el mundo (porque sin duda lo es).

Solo espero que este dulce alquimista siga la ruta vital que lo hace único no solo por su virtuosismo técnico, sino por su lealtad a los valores de sus antepasados.

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