Más de una vez he sustentado que los cambios de hora no son más que maniobras de distracción masiva de los gobiernos para mantener desorientadas a las personas durante dos ocasiones al año. Algo así como pan y circo. Durante unos días, antes y después del cambio de hora, no se habla de otra cosa y los problemas importantes, que ha de resolver el Gobierno, pasan a un segundo plano.
El primer plano está en los biorritmos circadianos. Lo del ahorro energético, ligado al cambio de hora, es la gran falacia.
Que levante la mano el que haya ahorrado en el recibo de la electricidad a consecuencia de ese cambio. Los sucesivos recibos no han cesado de aumentar antes del cambio de hora y después del cambio.
Ahora se les ha caído el velo a los dirigentes europeos y, previa encuesta, proponen que los cambios de hora queden sin efecto. Si hubiese ahorro energético, seguro que la UE apostaría por los cambios.
El dilema es si se mantiene la hora de verano o la de invierno. Lo mejor sería variar el horario media hora y dejarlo fijo todo el año, para compensar el cambio de verano con el de invierno.
Si eso no es posible, me quedaría con la hora de verano.
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