La referencia del tiempo


En 1884 se puso en marcha el actual sistema de husos horarios. Su inventor, Sandford Fleming, dijo entonces lo siguiente: «La perspicacia de la gente advertirá (…) que la adopción de los principios correctos de cómputo del tiempo no cambiará o alterará gravemente los hábitos a los que están acostumbrados. No perderán nada de valor. El Sol saldrá, se pondrá y regulará todos los usos sociales. Todos reconocerán pronto la hora del mediodía, sea cual sea el número que marque el reloj, sea seis, como en los tiempos bíblicos, doce, dieciocho o cualquier otro. La gente se levantará y acostará, comenzará a y dejará de trabajar, desayunará o cenará en los mismos intervalos de tiempo actuales, y nuestros hábitos sociales y costumbres no cambiarán, dependiendo, como ahora, del ciclo recurrente diario de luz y oscuridad». 

Si Fleming levantase la cabeza se espantaría al ver cómo hay gente que le atribuye al cambio de huso (cambiar el número que asigna nuestro reloj a los momentos del día) propiedades curativas de aparentes males de nuestra sociedad. Cambiar de huso es como correr la escala de temperatura. Si nuestro país cambiase de la escala Celsius (C) a la Farenheit (F), tendríamos el mismo frío o calor. Eso sí, cuando comprásemos un termostato, tendríamos que ir aprendiendo a ponerlo en el 68 (F) en vez del 20 (C) y que 32 grados (F) es en realidad mucho frío (0 C).

Tras un tiempo de despiste para adaptarnos al cambio, todo seguiría igual que antes. Para el caso horario, el despiste duraría bastante más. ¿Para qué someter a nuestra sociedad a ese sufrimiento?

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