No todos somos iguales... o sí


Los másteres, generosos obsequios distribuidos por la Universidad Rey Juan Carlos, se han reconvertido. De dádivas para el lucimiento curricular se han transformado en guillotina política. Un máster y unas cremas lubricantes decapitaron a Cristina Cifuentes. Otro máster y una fulgurante licenciatura exprés todavía persiguen, como un fantasma por los corredores del Supremo, a Pablo Casado. Y otro máster, no se sabe si presencial u online, amenaza seriamente la carrera de Carmen Montón, ministra de Sanidad. Tres de momento, pero la escabechina, tal vez, no hizo sino comenzar. 

A la vista de los precedentes, Montón ha inaugurado una nueva línea de defensa con un rotundo «no todos somos iguales». Y eso es cierto, al menos en biología, pero la semejanza entre los tres másteres resulta asombrosa. Parecen siameses o mellizos, lo cual no debería extrañar dada su común paternidad. Quizá, para ser más precisa y creíble, Carmen Montón debería optar por la sentencia de los animales retratados por Orwell en Rebelión en la granja: «Todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros».

El caso de Montón será diferente al de sus predecesores, pero su reacción ha sido idéntica. Consta de tres pasos. Primero, niega que exista irregularidad alguna y exhibe algunos papeles con la dudosa rúbrica de «prueba documental». Después, comienza la explicación, cuanto más prolija, cuanto más infectada de contradicciones, amnesias, medias verdades o mentiras. Y al final, si el fuego se extiende, se traslada toda la responsabilidad al claustro, al profesor X o a la universidad de turno. Y a mí, plim, que a caballo o máster regalado no se le mira el diente.

Reacción de este Gobierno también similar a la del anterior. Tres fases igualmente. Una vez superado el cabreo momentáneo del líder máximo, cierre de filas, muestra de confianza en la ministra y bendición de sus explicaciones, consideradas suficientes y clarificadoras. A continuación, compás de espera y observación: ver qué pasa, comprobar si disminuye el nivel de ruido y evaluar qué resulta políticamente más rentable: el despido o la confirmación en el puesto. Y finalmente, si el incendio se propaga y no puede ser extinguido por medios convencionales, se deja caer a la pirómana.

Hasta ahí, de manual. Pero el caso Montón ofrece un par de peculiaridades que lo distinguen de los anteriores. Pablo Casado, el líder del PP que no desaprovecha la mínima ocasión para fustigar al Gobierno, esta vez le perdona la vida. E incluso absuelve preventivamente a la ministra: «Confío en las explicaciones que dé». Y Pedro Sánchez, látigo contra la corrupción y presunto adalid de la ética, absuelve implícitamente a Casado si decide mantener a la ministra. ¿Con qué cara le va a pedir cuentas a su rival si le convalida el título a Carmen Montón?

Pásmense. Quizás estemos asistiendo al primer pacto de legislatura rubricado por PSOE y PP. Un acuerdo para sacar el escándalo de los másteres de la confrontación política. Y entonces, a quien Álvarez Conde se lo dio, que el Gobierno lo bendiga.

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