El Santo Grial del presidente


Políticamente, este país nuestro quizá sea un desastre; pero, culturalmente, estamos en uno de los momentos más interesantes de nuestra historia. A ver qué nación de cualquier continente del mundo puede presumir de lo que ayer pasó aquí: poco después de las 9 de la mañana, don Pedro Sánchez comunicó al Congreso que su tesis doctoral estaba colgada en Teseo, que es como el cementerio en el que reposan todas las tesis de los doctores españoles. Inmediatamente se puso en marcha un mecanismo casi automático de busca de la obra. No dio resultado positivo, porque el acceso es restringido, pero el boca a boca difundió a la velocidad de la luz el mapa del tesoro: quien quisiera ver la gran obra solo tenía que acercarse a la biblioteca de la Universidad Camilo José Cela y solicitarlo. Al poco rato ya había una larga fila de ciudadanos esperando turno. ¡La tesis estaba allí! ¡Y la podían ver nuestros ojos! Posiblemente haya que marcar esta fecha en la historia cultural de España con la misma relevancia que si hubieran encontrado el Santo Grial.

La consecuencia política del acontecimiento es negativa para Albert Rivera, porque se permitió dudar, el muy agnóstico, de la existencia del documento. Pero no nos detengamos en ese detalle menor, porque hasta al mejor escribano se le escapa un borrón. Detengámonos, sencillamente, en que la tesis doctoral existe y es visible al ojo humano. Centremos nuestra atención en que jamás hubo tanto interés por la creación científico-literaria de un gobernante. La Universidad Camilo José Cela se va a convertir en un centro de peregrinación de investigadores, profesores, comentaristas de textos y demás curiosos para poder contar a sus nietos lo que han visto. Va a haber que establecer turnos de visita, al estilo de la playa de As Catedrais y el pórtico de la Gloria. Todavía más: como en las cuevas de Altamira, no se pueden hacer fotos y, como si fuese un incunable, no se puede fotocopiar, no sea que los artilugios de reproducción dañen la integridad del documento.

Enhorabuena, presidente. Si las normas de incompatibilidades se lo permitieran, podría abrir usted una especie de museo al que se pudiera acceder previo pago de una entrada. Pondría la tesis en una vitrina blindada y le resolvía la jubilación. Sería un atractivo turístico más, tan necesario ahora que el turismo decae. Pero, sobre todo, satisfaría la ansiedad de este pueblo por conocer la obra científica de su jefe del Gobierno. Otra idea sería publicarla, pero no se lo recomiendo: seguro que Albert Rivera le encontraría algún defecto. Así, visible, pero sin poder leerla, conserva todo su misterio. Desmiente que no exista y pone a salvo su virginidad.

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