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OPINIÓN

16 sep 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Va a ser algo metafórico (o no) cuando el Gobierno se decante por el horario de verano o el de invierno después de que la UE haya zanjado que terminarán con los cambios de hora que nos tuvieron adelantando o retrasando los relojes media vida. Es una cuestión peliaguda que divide a la península en la preferencia oriental u occidental; y es que ocurre que aquí, en esta esquina del mundo, en el noroeste, si la balanza cae en el horario estival nos vamos a topar con que habrá meses del año en los que no amanezca hasta las 10 y se prolongará la oscuridad de la noche quizá demasiado tiempo desde que nos ponemos en pie para iniciar las tareas de la jornada. De propina sólo penumbra para el que madrugue. Como un gesto ejemplar que define a la perfección el signo de nuestro tiempo, el Gobierno avanzó que nombrará una «comisión de expertos» para decidirse.

Además de la clásica división norte-sur que marca muchas diferencias en España hay otra, no menos importante, que va del Este al Oeste en muchos asuntos que cada vez se hacen más acuciantes, sobre todo respecto a la despoblación, que en el caso de Asturias llega a límites de rozar el inicio de la extinción con un envejecimiento del personal digno de ser reeinterpretado a la luz de la balada de Narayama. Afortunadamente, esta cuestión también está en manos de comités de expertos que, sin duda, podrán arrojar todo tipo de soluciones que no sean las de garantizar que haya una cierta estabilidad laboral y salarios suficientes que suelen ser las cosas que la gente cree necesarias para formar una familia y tener hijos porque, claro, no son expertos. 

Están los expertos también debatiendo el futuro del carbón en el proceso de transición energética, lo que pasa es que hay una pequeña trampa. Cuando se habla del tema, la mayoría de los que tienen mano en este asunto suelen preferir referirse a la minería y decir que hay que ser «solidarios con el pasado» y de las tradiciones y las comarcas. Pero la clave no está ahí sino en la permanencia y por cuánto tiempo de las centrales térmicas que apenas queman carbón asturiano pero que mueven mucho mineral en los puertos, en camiones que conduce gente, y que nutren de electricidad a la industria que aún queda en este rincón del mundo. Si se cierran, y además con premura, todas ellas, por muchos expertos que formen comisiones, no parece que vayan a ser sustituidas ni por nucleares ni por molinos de viento, ni placas solares (aquí en la penumbra matinal) ni por nada que se conozca por el momento. No me sean solidarios con el pasado ni con la tradición sino con el presente.