La tesis y el efecto bumerán


El intento de defenestrar a Pedro Sánchez por la vía rápida ha fracasado. La operación político-mediática lanzada por Albert Rivera no ha logrado su objetivo, que parecía factible tras la justa dimisión de Carmen Montón. Creían que tenían a tiro una pieza mayor, el presidente del Gobierno, y fueron a cazarla. No lo han logrado, y está por ver quién sale peor parado de esta crisis, si Sánchez, Casado, Rivera o cierto periodismo. Lo cierto es que, tras someter su tesis a los programas informáticos homologados, no se ha podido demostrar que haya habido plagio. A partir de esa premisa fundamental se podrá hablar de si el tribunal que la evaluó tenía nivel o no -en todo caso, se ajustaba a la normativa-; de las estrechas relaciones de Sánchez con algunos de sus miembros; de su discutible calidad; del poco tiempo que tardó en elaborarla; o preguntarse por qué se resistió a digitalizarla. Eso tendrá un coste político, el que le den los electores, pero no es motivo de cese. Pese a ello, dirigentes políticos del más alto nivel siguen dando por hecho que plagió y que su trabajo se lo hizo un negro. Eso es juego sucio. La publicación de la tesis deja desnudo a Pablo Casado. Ya no tiene excusas para no someter los cuatro trabajos de su master a los mismos controles, a lo que se resiste como gato panza arriba. ¿Por qué no los hace públicos y entrega el ordenador en el que los escribió, que en su momento dijo que aún guardaba, lo que disiparía cualquier duda? También urge que Rivera explique su currículo menguante, por qué figura que es doctorando, lo que no es cierto, o cómo fue capaz de hacer un curso en la Universidad George Washington mientras era diputado en Cataluña. Es lo mínimo cuando el listón se pone tan alto. El efecto bumerán.

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