Las ocurrencias de Sánchez


No puede decirse que el presidente Sánchez no sea ocurrente. Está claro que no es fácil inventar más cosas que él para lograr sus objetivos y que se vea con claridad que no se cansa de hacer o de proponer. Lo malo es que, para aumentar su lista, ya parece que le vale cualquier cosa y, claro, no todas ellas tienen una formulación clara o un proceso fácil por delante. Pero ahí están, acumulándose.

¿Para esto consideraba tan urgente Sánchez eso de llegar a La Moncloa? Basta con echar un vistazo al llamado «problema catalán» para que se perciba todo lo que hemos avanzado y en qué dirección. Aunque, a decir verdad, lo de la dirección es lo más difícil de determinar y de juzgar. Porque el panorama sigue siendo oscuro, espeso y farragoso.

Por ello, Sánchez aumenta sin parar la variedad de sus ofertas a la sociedad española en general, a ver si, entretanto, va madurando la inmadurez catalana y es posible cosechar resultados positivos (de armonía y respeto) en el ámbito de un entendimiento político duradero.

Yo comprendo a Sánchez y entiendo su precipitación y su afán por multiplicar las propuestas en casi todos los ámbitos. Tiene los diputados que tiene (solo 84) y su horizonte político puede ser muy corto o muy largo. Obviamente, su apuesta es clara: aprovechar el tiempo y conseguir multiplicar los peces (léase, los votos). Y en ello está, sin dejar de agitar incluso lo que no parece conveniente agitar.

¿Qué acabará sucediendo? Es difícil vaticinarlo. Pero, como dijo Napoleón, «nada va bien en un sistema político en el que las palabras contradicen a los hechos». Y en nuestra situación actual hay demasiadas palabras que contradicen hechos o tesis. Las ocurrencias de Sánchez pretenden ofrecernos algo nuevo, sí, pero ¿están en armonía con los hechos deseables o solo son bombardeos conceptuales para llevarnos al huerto de sus particulares intereses políticos? El tiempo dirá.

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