Ni atajos ni trampas, elecciones


Cada día que pasa es más evidente que solo el odio al impávido Rajoy y el interés de los independentistas de enfrentarse con un Gobierno débil en Madrid permitió que Sánchez lograse el bingo de la Moncloa. Antes fue la ansiedad ciega de Rivera la que propició prender la incontrolada e incontrolable mecha de la moción de censura, al dar por roto el acuerdo con el PP, y después vino la guinda de la puñalada glacial del PNV con la que se logró el número mágico de 176.

Pero que se vuelva a dar esa cifra resulta muy improbable. Así es que el Gobierno ensaya todo tipo de trampas y atajos como unir la ley más importante, la de los presupuestos, con legislar, por ejemplo, la violencia de género, o lo que haga falta. Una tramitación debería ser la expresión de lo que sugiere esa palabra, un camino tranquilo y perfectamente regulado, no el ring de golpes bajos para evitar el veto del Senado y que pone sobre la mesa la necesidad de que estos políticos nuestros tengan que volver a examinarse de nuevo cuanto antes. Y que lo hagan de la única manera sana que hay en democracia, que es con las urnas.

Cuando un Gobierno recurre a tretas y a trampas para salvar la mayoría que hay en una de las Cámaras que eligieron los españoles, lo mejor es que se vuelva a votar. Cuando además en la otra Cámara, el Congreso, se tiene una mayoría tan ficticia, solo queda que la boca de las urnas hablen. Aquel Gobierno happy, mediático, que pretendía ser goloso para los medios y para el ciudadano medio, con astronauta famoso incluido en la alineación titular, se ha transformado cien días después en un Ejecutivo experto en rectificar, con dos víctimas clamorosas (Màxim y Montón). Es un consejo de ministros desquiciado, que se contradice sin parar y que inventa rutas salvajes a unos presupuestos que solo son la senda que Sánchez tiene que recorrer para seguir más tiempo en Moncloa.

Ana Pastor, árbitro en el Congreso, ha puesto sentido común al cerrar la puerta de atrás por la que querían colarse. Es otro cambalache, que es en lo que estamos. Sánchez quiere presupuestos con otro techo para amarrarse a la campaña electoral más larga y más cara que jamás ha tenido un presidente en España, encima pagada por todos los ciudadanos. Los carteles son esos anuncios de medidas que nunca llegarán y se gobierna a golpe de decreto.

Eso es lo que hace en Moncloa: estar en campaña, buscar desesperado votos que le saquen del hoyo real en el que está que no es otro que el hoyo 84 de sus diputados socialistas. El resto hasta 176 es mentira, diga lo que diga el perverso espejo de los asesores en los que se (ad)mira.

La mayoría de hoy es fruto de intereses enfrentados y canallas y así es que cien días después apesta a compost mal generado y peor gestionado. Y si Sánchez, en efecto, es el nuevo campeón del mundo en el edulcorante de las encuestas (el anterior lo fue el efervescente naranja Rivera), ¿qué miedo le tiene a votar? Cuando uno está desesperado siempre opta por el caos, y eso es lo que empieza a asomar por las ventanas del palacete de Moncloa.

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