La amiga del comisario no quiere irse


La ministra Dolores Delgado debe dimitir porque mintió a los españoles sobre sus reuniones (las negó) con el comisario Villarejo. También debe dejar el cargo porque un partido que ha hecho bandera de la lucha contra la corrupción no puede permitirse en sus filas y mucho menos en su Gobierno a alguien que se reúne con gran afabilidad con un personaje así. Cuando se produjo la comida en la que Villarejo grabó presuntamente toda la charla, este ya tenía la misma catadura moral que hoy se le atribuye. Y resulta muy difícil pensar que Delgado, Garzón y compañía no lo supieran. De alguna manera, estas son las actitudes que blanquean la forma de actuar de personajes como el comisario, sobre el que hoy en día nadie duda de que es una amenaza para la democracia.

La ministra debe también dimitir por los comentarios que han trascendido de carácter homófobo y machista. Si bien siempre es más difícil valorar moralmente lo que se dice en el ámbito privado, no es menos cierto que alguien que pertenece a un Ejecutivo que se autodefine como feminista y adalid de la libertad sexual no puede permitirse en su seno a quien pisotea sus propios códigos éticos cuando se encuentra en la intimidad.

«No voy a permitir bajo ningún concepto que nadie cuestione mis principios, que nadie cuestione mi honestidad», dijo ayer indignada Delgado, asegurando más o menos que todos los ataques que está recibiendo tienen más que ver con el juego sucio político y no con su forma de actuar. Quien se califica a sí mismo como alguien de principios debería saber que las personas con valores sólidos son aquellas que los ejercitan más aún en la intimidad. ¿Cómo nos podemos creer a quien amparada en la privacidad de la mesa de un restaurante se refiere a otra persona (el juez Marlaska) como «maricón»? ¿Cómo nos vamos a creer que alguien que en un ámbito privado dice que no se fía de sus colegas mujeres (prefiere a los hombres porque son más transparentes) va a ejercer con honor y convencimiento la defensa de la igualdad de la mujer?

Sin duda debería dimitir, pero Sánchez tendría un problema grave con la tercera dimisión de un miembro de su gobierno bonito en apenas cien días de vida. Sería un golpe tan duro que haría tambalear la actual Moncloa.

Precisamente, desde Moncloa se está intentando hacer ver que todo cuanto acontece: las renuncias de Màxim Huerta, por sus problemas con Hacienda; la de Carmen Montón, por plagiar su trabajo fin de máster y la situación de Delgado, con sus reuniones con Villarejo, obedecen a un acoso y derribo a un Gobierno del cambio que nació frente a la corrupción y falta de ética del Partido Popular.

El principal problema de Pedro Sánchez es que sobre los dos ministros dimitidos hubo un amplio consenso entre los diferentes partidos políticos. Y que en cuanto al caso Delgado, ya empieza a haberlo. De hecho, ya ha pedido su dimisión Pablo Iglesias. Puede que no estemos, por tanto, ante una situación de acoso y derribo a un Gobierno, sino ante un escándalo propiciado por un Ejecutivo que no era tan bonito.

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