La blasfemia de Babel


En La biblioteca de Babel, Borges imagina el universo como un conjunto indeterminado de galerías de libros, dispuestas en hexágonos, habitado por bibliotecarios que buscan desesperados el sentido de la existencia en la posiblemente infinita combinación de letras, comas y puntos que se dan en sus volúmenes. El protagonista sin nombre deduce en un momento que «no puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías». Pensó el genial escritor argentino que quizá cualquier palabra pudiera ser una blasfemia en un idioma perdido o aún por nacer, hacia una deidad prehistórica o que ha de revelarse en un futuro lejano. Demasiada literatura y filosofía para el juez del juzgado de instrucción número 11 de Madrid que tiene clarísimo, por lo visto, que un pecado merece también la condena terrenal porque es bastante frecuente que los creyentes no tengan paciencia para la divina y siempre han preferido prender en una hoguera de este mundo a los infieles antes de aguardar a los muy improbables y eternos fuegos del infierno.

Tal es así que en 2018 tenemos a Willy Toledo dispuesto a sentarse en el banquillo por cagarse en dios y en la virgen María, cosa alucinante para esta época y el país en el que se supone que habitamos por una interpretación bastante forzada del delito contra los sentimientos religiosos, contemplado en el artículo 525 del Código Penal y que fundamentalmente sirve para dar satisfacción a los colectivos más retrógrados del país y para que luego España haga el ridículo ante los tribunales internacionales cuando --después de mucho sufrimiento para quienes padecen sus interesadas demandas-- se acaban revirtiendo sus absurdas sentencias que salen absolutamente gratis para tan güelfos magistrados. Veremos en qué queda este juicio, alucinante homenaje a las ordalías medievales, pero el simple hecho de que haya llegado a esta fase de instrucción es ya prueba de que hay algo que está rematadamente mal, la ley, el juez y la manga ancha para hacer caso a grupos de chifletas con el suficiente dinero y tiempo libre para malgastarlo en saturar juzgados mientras los problemas de los plebeyos acumulan polvo.  

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