Hay que ser catalán para entenderlo


Es un clásico. La frase, digo. Hay que ser catalán para entenderlo. Así zanja un independentista el debate sobre Cataluña para negarte la palabra. Llevamos mucho tiempo todos regando con gasolina el incendio en tierras catalanas. Ayer el enfrentamiento entre secesionistas y los mossos terminó con cargas policiales después de que los manifestantes convirtieran a los policías autonómicos en un cuadro de Pollock, arrojándoles tanta pintura como desprecio. El lío que tenía poco de instalación artística aunque lo parecía, acabó a palos. Cargas y detenidos. Y todavía no es lunes, aniversario del 1-O, la jornada inflamable por excelencia. 

No vamos mal, vamos peor. No hace falta ser catalán para entender que la violencia no es la salida. La pira catalana cada día que pasa arde más y nos afecta a todos, en la cordura, en el bolsillo, en el marco constitucional que compartimos. Soy gallego, pero me ampara la misma Carta Magna que a cualquier catalán. Si algo sabemos los gallegos es que los marcos de una finca no se mueven cuando a uno le apetece y jamás de forma unilateral. Mover el marco porque me da la gana termina muy mal, aquí y en Sebastopol.

No solo los catalanes tienen derecho a opinar de Cataluña. Además ¿de qué catalanes hablan? ¿De los que se sienten españoles? ¿De los de primera generación o de los de segunda? ¿Hay categorías de catalanes? Cuidado cuando se establecen criterios de selección que solos eligen algunos, con las normas que ellos se inventan, es entonces el momento en el que se engendran siempre los sucesos más dramáticos.

El camino no es el insulto y es justo la senda que seguimos desde hace meses. Están acertados los secesionistas en que escuchar a algún tertuliano de las televisiones decir que ayer se tenían que haber disparado al aire las armas es la mejor manera de fabricar independentistas. Pero ellos tampoco se distinguen por la moderación.

Los comités de defensa de la república son una barbaridad, intolerable en un estado democrático. En los dos bandos se oyen atrocidades. Pero durante la jornada de ayer tras las cargas policiales y las detenciones los independentistas estaban tan calientes que pedían la cabeza de Torra y del consejero de Interior por permitir la actuación de los mossos.

No lo decían con suavidad. Lo más tranquilo que se podía leer era un descabellado y vengativo grito de amenaza a los agentes, a Torra y al consejero de Interior: «Lo pagaréis». No se referían claro a dinero. Algunos aclaraban de qué manera, detrás de pseudónimos, como los valientes pasamontañas con los que ocultaron ayer los rostros en las calles, lo iban a pagar. Hablaban de nuevo de violencia. En muchas familias tuvieron que dejar de hablar de independentismo para no reventar la convivencia. En familias. Ahora se pelean independentistas contra mossos. Es un (a)salto cualitativo que no augura nada bueno para las próximas horas ni para el lunes. Los culpables más evidentes son los que alimentaron el disparate de una república ideal porque les convenía.

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