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El Ruedo Ibérico


Agitado está el ruedo ibérico, recalentado por un verano que no tiene trazas de irse. La política española siempre tuvo tendencia al esperpento, como bien atisbó don Ramón, lo que no la libró de la tragedia. Por fortuna, ahora parece inclinarse más hacia la comedia.

A nadie puede extrañar que la derecha, desbancada del poder por una moción de censura que, aunque legal, considera ilegítima, ataque sin piedad al gobierno. Tampoco que este tenga notables dificultades en las Cortes con solo 84 diputados incondicionales y el incierto apoyo de una heterogénea e inestable coalición, nunca explícitamente formada. Lo que ha animado la situación es la suma de la bisoñez del nuevo gabinete con la irrupción del comisario Villarejo, castizo intrigante que habría hecho las delicias del escritor gallego.

Las revelaciones del policía jubilado afectaron primero a la corte, más bribona que milagrosa, pero despertaron la unión sagrada y su investigación quedó en manos de futuros historiadores. Cuando apuntó al actual gobierno recuperó credibilidad entre parte de los que antes se la habían negado. Su disparo fue más eficaz, aunque solo le sirva como venganza. Más allá de la basura que pueda airear, lo significativo del ahora denostado personaje es que sirvió eficazmente, durante décadas, a gobiernos del PSOE y del PP, cuyos ministros del interior lo protegieron y favorecieron. También, como se ha visto, colaboró estrechamente con jueces y fiscales. Todo ello es lógico en un comisario de policía, lo censurable de la labor de este Fouché ibérico es que haya investigado saltándose las leyes y, además, se enriqueciese de forma ilícita. Lo que se convierte en un escándalo es que haya podido hacerlo con la aquiescencia de ministros, jueces y fiscales. Su problema es precisamente que ha acumulado demasiada información. Sus revelaciones se usarán interesadamente, pero nadie está interesado en salvarlo. Tuve ocasión de ver recientemente La muerte de Stalin, una mala película, que ni es fiel a la historia ni logra provocar la risa, cuyo mayor mérito es haber irritado a Putin. Salvando las enormes distancias, el personaje de Beria me recordó a Villarejo, sabía demasiado de todos como para que alguno de los dirigentes soviéticos quisiese ampararlo.

La ministra Delgado y el exjuez Garzón no quedan en entredicho por haber comido con él y con otros policías, su situación será realmente difícil si llega a probarse que conocían sus actividades ilegales, las encubrieron y se aprovecharon de ellas; aunque es inevitable que las inconveniencias que pudieron decir en la sobremesa dañen su imagen. No ayudan nada las negativas y contradicciones con que la ministra acogió la difusión de las grabaciones.

Bisoñez demostró Pedro Sánchez a elegir a su primer ministro de cultura, también al no haber encargado a eficientes colaboradores la revisión de los currículos de los miembros del gabinete. Mal ha reaccionado el gobierno ante las críticas que recibe. El recurso a las fake news y la amenaza de promover algún tipo de censura es una torpeza que tiene también algo de esperpento. Ni sobre el señor Huerta, la señora Montón, el señor Duque o la señora Delgado se han publicado mentiras. Otra cosa es que se pueda considerar que se ha exagerado en los titulares de prensa o en las diatribas en el parlamento, pero eso forma parte de la libertad de expresión. Solo el supuesto plagio de la tesis del presidente podría justificar la reacción gubernamental, pero siempre existió la posibilidad de que quien se sienta calumniado o injuriado recurra a los tribunales.

Después de lo que vivimos en la última década, no creo que se pueda afirmar que el gobierno Sánchez se haya visto afectado por ningún escándalo, habría que buscar otro nombre para los terribles casos de corrupción que han salido a la luz, pero no ha sabido responder a las debilidades que se le han descubierto y se arriesga a perder la buena imagen con que había asumido el poder. El peligro afecta al conjunto de la izquierda, que puede quemarse sin haberlo realmente ejercido, el apoyo a Arabia Saudí en su criminal guerra en el Yemen muestra lo fácil que resulta perder la inocencia.

Es muy arriesgado pretender gobernar durante dos años con un gobierno monocolor que cuenta con 84 diputados de 350. Obliga incluso a recurrir a trapacerías como la buscada para reformar la ley de estabilidad presupuestaria. No es serio, aunque sí muy hispánico, que el PSOE intente utilizar el mismo medio que criticaba cuando estaba en la oposición. Lo que más extraña es que no pruebe a sacar adelante las medidas que con más fuerza exigía la oposición a Rajoy. Todos los viernes estoy a la espera de que se anuncie la reforma de la legislación laboral, de la ley mordaza o de la ley electoral.

Hasta ahora, el gobierno se ha limitado al lógico cambio de cargos en la administración, supongo que fue una humorada de la prensa conservadora que criticase que no mantuviese a los del PP, y al relevo en la dirección de RTVE y el CIS. Bien estuvo lo de la radiotelevisión pública, más discutible parece el resultado de lo último. Quizá sea otro rasgo de bisoñez que Pedro Sánchez no se haya dado cuenta de lo poco útil que les resulta a algunos periódicos madrileños publicar sistemáticamente encuestas que anuncian espectaculares victorias del PP. Está, sí, el decreto sobre los restos de Franco, bienvenido sea, pero los ciudadanos querrán también medidas que mejoren su vida cotidiana, refuercen las libertades y contribuyan a regenerar la política.

Si el gobierno y sus socios sacasen adelante alguna reforma tangible, no deberían tener miedo a la prórroga presupuestaria ni a ir a unas elecciones en primavera. Siempre podrán achacar a la oposición conservadora la paralización de las medidas sociales y de las inversiones que acarrearía el rechazo de los presupuestos.

No me olvido de Cataluña, grave factor de inestabilidad, pero en cierto modo una ventaja para PSOE y Unidos Podemos. Que la derecha haya tomado por bandera una aplicación radical e indefinida del artículo 155 no creo que la favorezca, no ya en Cataluña, sino en el conjunto de España. El radicalismo solo conduce a agravar los problemas. La fuerza del nacionalismo catalán se vio de nuevo el 11 de septiembre y el 1 de octubre, y antes en las elecciones, está por encima de las contradicciones y desvaríos de los líderes independentistas y no se puede obviar en una democracia. Primo de Rivera y Franco aplicaron con dureza esa receta, con un precio muy alto y el éxito que todos conocemos. Pedro Sánchez tiene poco margen de maniobra, pero solo la vía de la conciliación puede tener un resultado positivo.

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