«Ositos polares»

OPINIÓN

Vista del parque de carbones de Aboño.
Vista del parque de carbones de Aboño. JLCereijido

04 oct 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

«¡Cojan a sus pobres respectivos para compartir con ellos su cena de Navidad!». Un locutor jovial anima con entusiasmo a los ricos del pueblo a participar en una estrambótica subasta para pujar por invitar a su mesa de Nochebuena a un desgraciado en harapos. Es una de las escenas más ácidas de Plácido, la película en la que José Luis García Berlanga plasmó como nadie el fariseísmo que prendía en la parte más potentada de la sociedad española de los años 50. Esquivando sorprendentemente a la censura, Berlanga reflejaba cómicamente en el filme la forma en que las familias beatas y con posibilidades lavaban su conciencia, atendiendo a la consigna que por entonces lanzaba el régimen para que quien pudiese pusiese un pobre en su mesa. 

La entrevista que el pasado 25 de septiembre publicaba el diario El País con el presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán, tiene ese aroma. En ella el directivo afirmaba con aparente compromiso medioambiental que la lucha contra las emisiones contaminantes es una «obligación moral», si bien en la misma frase admite que esa tarea también le supone a su empresa «una oportunidad de negocio»; vaticinaba que el carbón «no tiene viabilidad», que «su final será en 2020, 2022 o 2025» y apostillaba, compungido, que las emisiones no suponen sólo «un problema de CO2 y de ositos polares, si no que son un problema de enfisemas en los niños y muertes prematuras de decenas de miles de personas cada año» (sic). 

Decía la poeta Emily Dickinson que la verdad es tan infrecuente que resulta agradable contarla. Pues ahí va: España ocupa el puesto diecisiete de la Unión Europea en generación eléctrica con carbón. Sólo el 8% de las emisiones de CO2 que se producen en nuestro país son provocadas por generación térmica, la que emana de la combustión del gas o del carbón. En consecuencia, no parece muy probable que estemos provocando esas decenas de miles de muertes prematuras cada año. Quizá el problema es que no nos hemos esforzado con la suficiente intensidad a la hora de explicar que no estamos ni mucho menos entre los territorios que más contaminan por efecto de la quema de carbón. O quizá es que no estamos dispuestos a defendernos con la doble moral que exhibe, por ejemplo, Alemania, que ha conseguido imponer la percepción de que es un país de referencia en la lucha contra el cambio climático a pesar de que su industria depende cada vez más de la producción de carbón. Además, ese supuesto liderazgo se fundamenta, casi siempre, en una gran mentira: que la electricidad es allí barata por las políticas que el Gobierno de Angela Merkel orienta hacia las energías renovables, cuando lo cierto es que los precios medios en un hogar alemán se sitúan un 50% por encima de la media europea, según datos de Eurostat.