Llorones


Las tabarras son cíclicas, como las crisis. A lo largo de esta semana se han sucedido ya las primeras procesiones de plañideras en la patronal por la ralentización de la economía --se va acabando el petróleo más barato, y, dicen, que hay un auge del proteccionismo en los mercados internacionales (como si fuera un fenómeno meteorológico, como si no tuviera que ver ese auge con el crecimiento de una derecha populista a la que se le ha  reído todas las gracias)--  hasta se han llegado a quejar de que no se sostiene el consumo.

Me resulta fascinante la desconexión cerebral que aqueja al empresariado español --y que si no tiene una causa médica, urge que se investigue si es psicológica o cultural-- que les impide ver la relación causa-efecto entre el hecho de que el trabajo sea precario, muy inestable y con salarios miserables por lo que en consecuencia la gente no puede gastar en cosas. Es como una especie de leyenda gremial de la patronal que la treta de rebajar condiciones laborales y sueldos sólo lo hace uno mismo en su propia empresa o algo, de manera que los demás (con el oro de los calderos mágicos de los duendecillos del bosque) sí que tendrán dinero para gastar en el negocio. Porque claro, los demás no lo hacen. Desde luego, a esta gente le quitas o bloqueas los convenios colectivos, les dices que o se rebajan el salario o se van a la calle, les haces contratos de 40 minutos semanales y luego encima no se quieren gastar los cuatro o cinco eso euros que tengan en nada.

En general, me ocurre mucho en Asturias, cunde otra idea entre los empresarios de forma muy extendida según la cuál hay trabajo de sobra pero la gente no lo coge porque existe el salario social y se está muy a gusto en casa. Me parece grave, pero sobre todo peligroso, el desconocimiento de cómo funciona esa prestación y a quién va dirigida, porque lo cierto es que en una proporción enorme en el caso de Asturias se destina a mujeres, con muy escasa formación y varios hijos a su cargo en situaciones de auténtica necesidad. No se suele pensar (¿para qué, ho?) el enorme coste --social, pero oiga, hasta en seguridad si le importa más-- que supondría dejar a todas esas familias en la desesperanza absoluta.

Lo cierto es que en Asturias, como en toda España, la crisis ha convertido a la patronal en un colectivo malcriado. En los peores años de la recesión se acostumbraron a tener colas de decenas de personas dispuestas a aceptar lo que fuera por conseguir un empleo de subsistencia. No es cierto que en la crisis todos los españoles lo pasaran muy mal, algunos lo pasaron muy bien, lo vivieron como una gozadera de explotación en la que se podían conseguir medio esclavos a puñados. Esclavos que tenían que pagarse su propia comida y techo. ¿Qué se ha hecho en estos años para cambiar el modelo productivo, para adaptar la economía del país a producir de forma sostenible y no vivir el pelotazo? Da miedo esperar la respuesta. 

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